Archive for the ‘libros’ Category

MICHAEL JACKSON: Great Beer Guide (DK, 1998)

mayo 5, 2017

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Mi nombre es Michael Jackson, pero no canto ni bebo Pepsi; bebo cerveza, que es a lo que me dedico. Viajo por el mundo probando cervezas y escribiendo sobre las que más me han gustado. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo.

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Así se presentaba el crítico cervecero más famoso en The Beer Hunter, la serie que hizo a finales de los ochenta para Discovery Channel. Este añorado escritor y periodista inglés -fallecido en 2007- fue autor de destacados libros sobre cerveza y whisky, siendo sin duda el más importante The World Guide to Beer (1977), el libro que inspiró el renacer cervecero en EE UU (provocando la revolución cervecera artesanal que seguimos disfrutando actualmente), y en el que categorizó por primera vez la variedad de las cervezas belgas.

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Esta obra de referencia se encuentra descatalogada, pero el aficionado con creciente interés que haya llegado tarde tiene al menos otro libro suyo que por contenido (reseñas básicas que aúnan datos históricos, curiosos detalles y comentarios de cata), por continente (una diferente cerveza por página, acompañada de una foto de la botella y de la cerveza en su vaso apropiado) y por manejabilidad (libro de bolsillo a modo de diccionario, con páginas finales que glosan terminología básica, así como consejos de cata, servicio y maridaje), igual se trata del libro perfecto para deleitarse visualmente mientras se aprende información sobre el mundo de la cerveza y sus diferentes estilos.

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Se trata de Great Beer Guide. 500 Classic Brews (1998), y en Iberlibro (bendito sitio), siguen ofreciendo ejemplares usados en muy buen estado y a muy buen precio. Yo elegí sin saberlo una edición estadounidense: ya caí en la cuenta al resultarme extraño el uso de “color” en vez de “colour”, o el dato del Alcohol Por Peso (ABW) delante del más normal Alcohol Por Volumen (ABV). Pero lo principal sigue siendo algo verdaderamente interesante, útil y bello, por más que parte de su contenido haya caducado o sea muy difícil de conseguir. Pero en realidad eso lo hace aún más atractivo, al comprobar el cambio de etiquetado de algunas referencias clásicas, así como el seductor tono general de unas fotos cálidas que recuerdan la publicidad de los ochenta e incluso de finales de los setenta, y que tan bien casan con adjetivos como afrutado, cremoso, untuoso, mantecoso…

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Todo ello hace que sea una referencia ineludible, y en particular el mejor de los comienzos (tras el fallido Cómo Catar Cerveza de Randy Mosher, demasiado centrado en el mundillo estadounidense y bastante mal traducido) para una biblioteca cervecera con la que ir aplacando la creciente sed del aficionado.

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MARIO AMORÓS: 75 AÑOS DESPUÉS. LAS CLAVES DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (Ediciones B, 2014)

mayo 10, 2016

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En el vasto océano que forma la bibliografía sobre la Guerra Civil, la obra del economista e historiador Ángel Viñas sobresale como guía sólida, clarificadora y necesaria para hacer frente a tanto debate. Para los interesados en aquellos drámaticos años queda como ineludible su monumental tetralogía sobre la República en guerra, de la que este libro puede servir como manual resumido en el que repasa su frutos mediante una conversación entre el también historiador Mario Amorós.

Comencemos otra vez: en el combate por la historia, la labor investigadora de Ángel Viñas ilumina con luz clarificadora. “La historia no se escribe con mitos. Sin archivos no hay historia. Toda la historia no está en los archivos, pero no puede escribirse historia sin ellos.”.

Frente al debate interesado, evidencia primaria; documentación relevante de época, e inédita: “Esa que produce urticaria a los historiadores pro-franquistas.”

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Lecciones de historia: la importancia de la trama civil, además de la militar, para la sublevación; la hostilidad británica y la pusilanimidad francesa hacia la República, con la política de No Intervención; la decisión político-militar de Franco de no acabar la guerra demasiado pronto, dado sus intereses personales; un Stalin pragmático; la puñalada trapera final de Besteiro y Casado asestada a la República…

-Negrín jamás asumió compromisos con la URSS que pudieran influir en el futuro del país. Franco sí lo hizo con sus protectores.

-Los republicanos tuvieron que aprender la dura lección de que en la guerra los éxitos diplomáticos y los éxitos políticos son una consecuencia de los éxitos militares. Y como no tuvieron éxitos militares, tampoco avanzaron en los otros ámbitos.

-La responsabilidad por la sublevación militar del 16-18 de julio es el tema central de la Historia contemporánea española. De la respuesta que se dé depende la interpretación de lo que siguió después.

… Y de cómo hacer historia:

A través de la investigación en los archivos, los historiadores avalamos o descartamos hipótesis y tesis ya planteadas. La Historia es un proceso definido y contrastado intersubjetivamente de creciente aproximación a la verdad.

No se escribe historia para la eternidad, es un campo cambiante y mutable por definición. Sin embargo, a veces leo a ciertos historiadores, españoles y extranjeros, y encuentro afirmaciones rotundas que no dejan resquicio a duda alguna, que creen tener el mismo valor que las tablas mosaicas. en este caso, opto por las carcajadas.

Y para los abrumados que se refugian en un supuesto objetivismo malentendido por interesado, nos recuerda que no, que no todos fueron iguales: “Unos se sublevaron bajo pretextos bastardos y otros resistieron la sublevación como pudieron. Recordemos aquel comentario al respecto de la hispanista inglesa Helen Graham:

La objetividad no es una posición equidistante entre cualesquiera dos puntos. Eso es lo que siempre me molesta en estos debates. Vamos a llevarlo a un extremo absurdo: Nadie en su sano juicio argumentaría que una historiografía objetiva de Alemania en los años treinta debería situarse en un punto medio entre los nazis y aquellos a quienes éstos atacaban. Nunca he entendido esta asociación de la objetividad con alguna clase de posición intermedia. Toda esa idea necesita ser deshecha; hay algo fundamentalmente equivocado en ella.

Lo que mueve a los historiadores es la sed de entender. Tratar de entender presupone que no vas a falsificar las pruebas o contarla como no es. Y si eso no es objetividad entonces no sé qué es. Ahora bien, nosotros también somos humanos. Todos tenemos nuestras historias, cosas que nos interesan, preguntas a las que queremos encontrar respuesta. En ese sentido, ningún relato escrito por un ser humano es jamás enteramente objetivo. Pero eso no significa que esté distorsionado o mal. Si ese ser humano es un historiador profesional honesto consigo mismo y con el material –si ha leído todo, pensado sobre ello y visto cómo encaja sin esconder o inventar nada– entonces está siendo fiel a su vocación. Más allá de eso, creo que no tenemos de qué preocuparnos.

 

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A lo largo de cuatro décadas la dictadura creó un canon de interpretación del pasado. Ese canon caló en la sociedad y perdura hasta hoy en sectores importantes de la población. ¿Cómo contrarrestar su influencia? La tarea del historiador es ganar la batalla por la Historia. La batalla política por el futuro es otra cosa.

 

 

Pablo Uriel: No Se Fusila En Domingo (Pre-Textos, 2005)

abril 24, 2016

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Un joven médico que se ve sorprendido por la sublevación militar de 1936 mientras remonta el Ebro en su piragua… Las memorias de guerra de Pablo Uriel dejan constancia de su valía como observador para ayudarnos a entender aquel terrible conflicto desde un punto de vista humanista; seguramente la manera más apropiada de acercarse a él teniendo en cuenta las consecuencias que de todo aquello aún arrastramos.

Un par de cuestiones parecen estar especialmente presentes en sus recuerdos de la represión en territorio franquista, luego en el ejército de Franco y finalmente en la zona republicana: la docilidad para morir mostrada por las víctimas ante sus verdugos, algo que le sorprende y ante lo que se revela, pues facilitaba “aquella terrible justicia que defendía la verdad de los poderosos”:

Morían sumergidos en una especie de pasmada perplejidad que anulaba su capacidad de lucha (…) Si cada uno de los miles de fusilados hubiera defendido su vida, aún estarían corriendo los generales sublevados.

Junto a esa experiencia, vivida especialmente durante el tiempo que pasó preso en la Prisión Militar de Zaragoza, Pablo Uriel no deja de lamentarse a lo largo de sus memorias del papel que la religión católica jugó en manos de los sublevados:

Nadie parecía comprender lo profundamente anticristiano de este Movimiento que satisfizo tantas aberraciones y perversiones.

Uno de los pretextos para esa guerra era la necesidad de garantizar en España una doctrina de paz y amor. Éramos testigos de la falacia y la hipocresía de ese pretexto. La forma en que morían los presos constituía un ultraje a la memoria de Jesús, cuyo nombre tanto se invocaba y cuya doctrina se vulneraba más en la zona de Franco que en la republicana.

Si veinte siglos de catolicismo en España no habían logrado que los católicos fuesen menos sanguinarios que los ateos, era evidente que los textos donde se aprendía esa doctrina no eran muy convincentes.

Y para los que se parapetan en el fiftyfiftysmo del “Y tú más”, convendría que cayeran en la cuenta de algo que el autor deja bien presente:

En la zona republicana también se mataba impunemente, pero nunca por orden de las autoridades republicanas. Ellas se esforzaban por evitar estas muertes, movidas por el horror que toda persona normal debe sentir ante este tipo de crímenes. Los fusilamientos ilegales en la zona republicana provocaron, en los liberales y hombres de izquierda, un sentimiento de reprobación que no se producía en los hombres de derechas en la zona de Franco.
En la zona republicana los fusilamientos ilegales fueron considerados como crímenes, no como actos de justicia.

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Los que busquen acción trepidante envuelta en humo, cascotes y metralla la encontrará en su relato de la batalla de Belchite, pues estuvo al cargo de la enfermería montada en la iglesia de aquel “pueblo apaleado.”

Quien además guste de subrayar algunas frases literarias especialmente felices se topará con algún que otro hallazgo:

Un fusil ametrallador es una máquina torpe y ciega que dispara sus proyectiles caprichosamente; una maravilla de la ingeniería que siembra la muerte como una trágica regadera. El instrumento perfecto para un asesino morboso.

Aquellos que consideren que las mejores memorias sobre la guerra civil suelen dejar reflexiones esclarecedoras sobre nuestro presente obtendrán, también en estas, algún ejemplo valioso:

Al cabo de veinte años un nueva generación ha venido a constituir una gran parte del cuerpo nacional, y esta generación ha sido formada en un clima de indiferencia y desconocimiento buscado por nuestros gobernantes. Puede afirmarse que si en los primeros diez años el secreto de la estabilidad era el terror, hoy lo es por el hecho de que el pueblo español, quizás desilusionado, ha depositado toda su capacidad de pasión en el fútbol; sería difícil precisar cuál de estos dos estados anímicos es más pernicioso para España.

Y para los “lectovidentes” más amantes de la plasmación gráfica de los sucesos que de su descripción escrita, la crónica visual que a base de angulosos trazos Sento Llobel (yerno suyo, por cierto) ha hecho de estas memorias les animarán a conmoverse y a comprender el dramatismo de la guerra desde una perspectiva cívica y humanista. Precisamente este fin de semana el dibujante valenciano ha presentado la tercera entrega, Vencedor y Vencido. Con el deseo de que ahonde en las notas que dejó su suegro sobre la parte del desenlace final de la guerra, pues en la obra sus recuerdos de la zona republicana saben a poco, y uno quisiera seguir sabiendo de sus vicisitudes, por muy adversos que los sucesos fueran.

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Más chinchón

febrero 18, 2015

Y otra ronda de convidadas, para completar el subrayado de las tres novelas de nuestro autor preferido de Portugalete. A carajillo, a paloma, a otro chato y a otra caña. A más chinchón, jefe, que lo que se pida ya es lo de menos, con tal de estar otro rato aquí, a resguardo hasta de uno mismo, meneando la cucharilla como el que rebusca algo. Aunque no sepa qué.

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Los Millones (Libros Mondo Brutto, 2010):

– La conversación apenas abandonaba el género de la tarugada, a base de exponer tenues sandeces para confirmar que no se está solo. – La máquina de enchorizar chapucerías seguía bien engrasada porque, de nuevo, nadie apareció. – Aceptando que no hay que meter la pata más que hasta el tobillo, Francisco estaba mojándose todo el muslo en los fangos de la inconveniencia. – El bar era un escondite perfecto. Y se metió dentro como quien apetece en el parchís la casilla de seguro. – Oyó cómo la luz silenciosa hacía sonar la música mansa del polvo en suspensión. – En Madrid todo lo apolíneo se ajaba en banalidades: la ópera se había diluido en zarzuela, el clavecín en organillo, la repostería en churros. – Lo malo de romper a llorar no era el sufrimiento, sino los quintales de vergüenza de que le vieran así por la calle, licuando los desastres que le astillaban por dentro para desaguarlos careto abajo. – Igual era que todos, y no sólo él, enladrillaban su propio muro de desánimo a medida que pasaban los años. – Había llegado a la final de “La juventud baila”, en el programa Aplauso, y era muy consciente de que, fuera de eso y de las amigas que se le arrimaban, no había nada más en la caja de hojalata roñosa de sus días.

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Los Huerfanitos (Blackie Books, 2012):

– A base de destilar el mosto de su inventiva, había dado con una idea. – Volvieron a centrarse en sus gestiones, cuenco de cerezas embrolladas del que era imposible tomar una guinda de disgusto sin que trajera consigo mil problemas gratis colgando en zarzillos. – El infantilismo sólo adorna a quien se lo ha ganado a base de mucha madurez. Y, por descontado, sólo pudre a quienes lo viven de puertas afuera. – Habrían quizá mostrado un sincero respeto ante un grupo católico al uso. Pero ante estos hartosopas con el rostro ajado por las marcas de sus almas tabernarias, la devoción se les hacía chocante como la gaseosa en un coñac. – Tan plomizo como esperar el turno en una cola de maniquíes. – Había una que se creía que las acotaciones eran diálogos. Así que las había memorizado, y como tales las decía. Pasaba a escena desgranando un “entra” por saludo. Gritaba “mutis” y se quedaba, declamaba un “aparte” a voces si así venía en las fotocopias, y habría cerrado profiriendo el sustantivo “telón” de habérsele asignado el personaje del parlamento final. – El aroma fresco del vino bueno era para los cretinos que leen los suplementos dominicales. Ellos eran de los del tufo acre del hectolitro feraz. – Era entonces que la energía inaprensible corporeizaba la materia mutable, como cuando cuatro cuerdas bien templadas concretan en el aire los garabatos absurdos anotados sobre cinco rayas. – Lo que estos iletrados decrépitos podían hacer con lo que para otros era solo material deteriorado sancionaba la imposibilidad de que el paso de un espíritu despierto por el mundo tenga el mismo resultado que la huera estadía de un lerdo. – Tremolaban sus parlamentos, y todo sonaba con un dolor que contrapunteaba las partes cómicas y con una gracia que realzaba las dramáticas. – El heroísmo en su versión doméstica, artesanal, familiar, de cortos vuelos (que es la modalidad importante, porque es la que no está vedada al común de los mortales).

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SANTIAGO LORENZO: LAS GANAS (Blackie Books, 2015)

febrero 12, 2015

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En el raro arte del destripe de emociones considerado como una fina manualidad, Santiago Lorenzo es un artesano de padre y muy señor mío. Las ganas (Blackie Books) es su tercera novela, y con ella vuelve a ofrecernos el plato estrella de la casa, elección única pero bien condimentada: una historia que es puro disloque utilizada como excusa para sacarle la pringe a unos personajes que son indigentes mentales (por utilizar expresiones suyas. Y seguimos.) con afectividad mal regada, con sentimientos dislocados, con frustraciones como guillotinas…

Se le empareja con la tradición tragicómica de los que usan el humor para entrever algo del secreto de la vida de los humanos, con una pena que por honda unos saben cómo y otros tratan de mantener a raya: los Valle-Inclán; Azcona; un García Pavón como más de ciudad, pero más embarrado por dentro también… Y hasta un Ibáñez que le diera por ponerse estupendo.

Su arte vendría así como consecuencia gástrica de atracarse de ensalada oximorónica de sentimientos encontrados y con un aliño, claro, agridulce: nostalgia despiadada, socarrona tristeza, ternura enrobinada… En este caso (porque lo suyo es el pluriempleo) nos encontramos con tragicomedias de pequeñez conmovedora, amargas a la fuerza pero con fundamento en el regusto.  El suyo es un perdigoneo -a la fuerza tembloroso- de emociones a bocajarro, en el que la peste a pólvora no tapa un fuerte olor a humanidad.

Prosa lustrosa que mantiene como seña el gusto por la inventiva de palabros dignos de tal cursiva: aquí serán el mocordo, la mochufa, La Confesanta y, por supuesto, porlar y el tremedal por no hacerlo.

Palabras para ilustrar el estilo linguístico de Santiago Lorenzo, que hace buena la verdad de que el lenguaje son las gafas transformacionales para ver la realidad y crearla simultáneamente. De ahí un gusto revelador por otras palabras como pifostio, jocundia, soplez, sofoquera…

En ese sentido, esta tercera novela es solo para fans de los que caímos rendidos ante el sorprendente descubrimiento de este autor y sentimos una reconfortante consagración posterior con la aparición de una nueva obra suya. Que habrá quien no le haga tanta gracia y considere una soplapollez sin fuste de Alta Literatura el argumento de un desgraciado que lleva tres años sin sexo (como anteriormente el de uno del GRAPO al que le toca la lotería o el de los tres hermanos que odian el teatro y montan una obra), y haga mofa de la mofa que se hace en ellas.

Por ejemplo, el principio del capítulo 17:

Habían quedado por la tarde en el René de siempre. Nada más llegar, Teresa le preguntó a su hermano si había hablado con su María y si le había despachado los datos que le adeudaba. Benito mintió mejor esta vez. Le dijo que sí, que por fin se lo había contado todo anteayer. Que María se lo había tomado muy bien y que habían quedado en seguir juntos, a ver qué tal les iba si le echaban a todo mejor disposición. Que gracias por su consejo. Teresa se alegró sobremanera.

Que habrá pues quien piense que mejor un relato centelleante que una novela larga y acomodada en su peculiaridad, haciendo un constante ejercicio de referencia de peculiar estilo a base de meter expresiones ingeniosas, por lo que muchos pasajes parecen sostenerse o existir solo por el deseo del autor de colocar su batería de ocurrencias.

Pero el peligro del despiporre intrascendente se ahuyenta cuando existe en su responsable la intención de quitarle al adjetivo ese prefijo de origen latino que denota privación.

Efectivamente, el arte de este artesano trasciende la chanza por intención redentora. Las Ganas va tomando fuste conforme se acerca el desenlace. Y no muchos se atreverán al órdago de colocar en los comienzos de un libro la afirmación “Hace tres años que no follo con nadie.” Pero Santiago Lorenzo sale airoso de su propio envite cuando caemos en la cuenta de que el cabronasso nos ha vuelto a manosear la fibra.

Porque al terminar de leer el capítulo 24 pensamos con admiración que el libro tiene un final magnífico, el que le tocaba sí señor, y justo entonces descubrimos que hay un capítulo 25 que sí que es el final y que supone un primoroso “qué fue de ellos” en donde se condensa la moraleja de todo el asunto.

Que sí, que toda esta juguetona ternura tragicómica es superior por responder a un motivo aleccionador. Que la letra con enseñanza entra.

Y es que ésta es una novela que va contra los pusilánimes. Porque lo que nos recuerda eeste tipo de Portugalete es que las miserias se sobrellevan mejor cuando uno las lleva con decoro, enfrentándose a lo que sea con el ánimo alto. Por muy baja que esté la picha. Que en el pecado va la penitencia, como señalará más de una vez.

Y que con el personaje de María nos deja un hada madrina involuntaria que es un primor. El borboteo emocional fermentó finalmente en impulso vivificante.

Y si el final es lo mejor de la historia entre Benito y María que había acabado antes, el libro -como en aquel Los Millones– guarda un último apartado (‘Sobre los lugares. Realidades y licencias.’) que -demonio de tío- mejora lo mejor del final de la novela. Ese repaso por las localizaciones de la novela es la invitación de la casa que le faltaba al festín.

Sedientos nos quedamos de leer un libro enterico dedicado a glosar las excelencias de los bares y cafés de Madrid -o de donde sea- cuya existencia se debió o se siga debiendo a “las ganas de cualquier vecino de despegarse de la realidad oficial”. Solo por la mención que hace de algunos de ellos (“Cipriano Moreno te dejaba en la barra la botella de chinchón y una copa limpia, y se iba a dormir a la cocina.”) ya merece la pena este libro, y pone en solfa todas las guías con estrellitas de turismo plasticoso que en el mundo hay.

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Mucho y bueno que subrayar por todo el libro. Celebrémoslo con diez convidadas a chinchón, diez, para emborracharse con la prosa del gran Santiago Lorenzo.

– Pasárselo bien con alguien consiste en experimentar la ilusión óptica de que el ayuntamiento, ya era hora, ha arreglado la ciudad.
– Una inquietud retorcida como un cable de cobre.
– No provoca el aburrimiento quien habla mucho, sino quien no escucha nada.
– No por vividos, los sentimientos candentes generan literatura de fuste.
– El pedazo borracho del anfitrión no había dejado ni para santiguarse.
– Iba a calcinar las verdades a medias, que en los afectos valen por mentiras enteras.
– Una tonta con título, orla, trienios, seguridad social y días de asuntos propios.
– Se le hacía insoportable no verla, que para echar de menos a alguien ya tenía a Dios.
– Al hombre se le trabucaba la alegría de la noticia con los hipidos de la pena.
– Sus moliendas cerebrales y reticencias a entregarse a válvula entera.

Y unas pinceladas acerca del asunto, en apoyo de cómo hay que tomarse “eso” cuando, finalmente, ante tantas miserias personales, uno dice de sacar la dignidad que lleva dentro para ver más claro y vivir más libre:

– Reventar a mazazos la piñata de sus años de ganas (…) Momentos de gloria explosiva y de espasmo continuo, quedando para tratarse como perros y pasárselo como dioses.

A su salud, maestro. Y gracias.

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VASILI GROSSMAN: VIDA Y DESTINO (Círculo de Lectores, 2009)

octubre 23, 2014

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Vida y destino, novela de las de largo aliento, así que no ha de extrañar que uno tome aire al inicio, entreviendo la magnitud de la lectura que tiene por delante; que la deje por impaciencia, al poco de empezarla, visto lo difícil que está resultando recordar en cada momento las circunstancias y el parentesco de todo ese montón de nombres y apellidos rusos de difícil pronunciación; que la retome, al descubrir al final del libro -vaya despiste- una lista con los principales personajes junto a un dato biográfico para lograr colgarlos en la memoria ante el paso de los capítulos. Con esa ayuda, podremos ir acostumbrándonos poco a poco al vaivén de personajes y escenarios diferentes hasta dar -más pronto que tarde- con el primero de los muchos capítulos plenos de emoción, que nos atrapará para caer ya rendidos ante esta obra que tiene como escenario la batalla de Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial.

Son unas mil cien páginas con momentos inolvidables que elevan el listón hasta la Gran Literatura: la descripción del gueto judío; la visita de una madre a su hijo, un teniente fallecido; la experiencia de los prisioneros judíos en las cámaras de gas; el cara a cara entre un oficial nazi y un prisionero bolchevique… Experiencias cuyo sustrato es el humanismo a pesar de todo.

Junto a ellas, el autor nos deja capítulos en los que, como en un aparte, expondrá sus reflexiones acerca de la bondad humana; del humanismo de Chéjov; la descripción de la estepa rusa; el momento subjetivo en que se sabe que una batalla está ganada o perdida…

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La lucha en Stalingrado -calle por calle, casa por casa- provoca una morbosa fascinación, y los nombres de algunos de sus lugares atraen y repelen al mismo tiempo en la configuración de una leyenda levantada sobre el dolor, la sangre, la herrumbre, los escombros: la fábrica de tractores Octubre Rojo; los almacenes Univermag; la colina Mamáev Kurgán, los francotiradores… Inevitable desear leer más y más sobre ello. Aunque esta novela no se prodiga en la descripción de batallas, el episodio de la casa 6/1, con su defensa al mando del guerrillero Grushev -y con la historia de la telegrafista- ofrece la épica militar de asedio y resistencia ente cascotes que uno espera de una lucha tan decisiva. El cuerpo de tanques del oficial Nóvikov, con esa espera para entrar en batalla, desobedeciendo órdenes con tal de salvar algunas vidas humanas, destaca también en este escenario histórico (lleno siempre de sufrimiento).

Pero va a ser la historia de caída y auge del científico Víktor Pávlovich Shtrum -seguramente trasunto del propio escritor, protagonista de la familia Sháposhnikov que hace como de hilo conductor en la novela- la que consigue absorber la atención, ávida de saber cómo acabará todo. Curioso, cuando al principio uno busca más y más leña en torno a la lucha en Stalingrado, y por ello toma la historia de Shtrum y los suyos como poco menos que una intrusión pequeñoburguesa, va a ser la narración de la vida y trabajo de ese grupo de físicos la que se imponga como vehículo para que Grossman nos traiga, sin duda, la luz más clarificadora sobre lo que significó el estalinismo. Podría haber sido una novela autónoma, y hubiese resultado igualmente magnífica.

Y con esa historia, junto a la del viejo bolchevique Mostovskói y también, especialmente, la del comisario político Krímov,  Vasili Grossman ilustra la dialéctica que recorre toda la novela: la confianza en los ideales originales de la Revolución, pero al mismo tiempo el rechazo a los abusos del autoritarismo y el poder aplastante del Estado.

Desollado el cuerpo vivo de la Revolución, los nuevos tiempos se engalanaban con su piel, mientras que la carne viva, ensangrentada, las entrañas humeantes de la revolución proletaria iban directamente a la basura: la nueva época no los necesitaba.”

(…)

Una observación maliciosa sobre un camarada,una broma sobre un libro leído, un brindis burlón en un cumpleaños, una conversación telefónica de tres minutos, una nota malintencionada que había dirigido al presídium durante una asamblea: todo estaba recopilado en aquella carpeta con lazos.

Sus palabras y sus intervenciones, desecadas, componían un voluminoso herbolario. Unos dedos pérfidos habían recogido con diligencia maleza,ortigas, cardos, zarzas…

Y ese terrible comentario de “Nosotros, los chequistas, hemos elaborado una tesis superior: en el mundo no existen hombres inocentes.”

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Vida y destino consigue que creamos que la literatura puede hacernos comprender mejor los hechos históricos que los manuales; que la ficción narrativa puede hacer de instancia ordenadora de la realidad, aportando una vía de conocimiento e interpretación al menos tan valiosa como las que puedan derivarse de la investigación histórica.

Mucha valentía física y moral la de Grossman para aguantar las penalidades de la guerra y para contar minuciosamente lo que vio, capaz de coger un sensible teleobjetivo para las pequeñas cosas (se nota que Chéjov era su escritor favorito) como de pasarse al gran angular y meter todo un mundo en una novela.

Grossman derrocha amplitud de mirada e intensidad vital en lo narrado. Sufrimiento y esperanza, hambre y dignidad, victoria y represión: vida cotidiana y destino épico.

«Verdad es lo que es útil; mentira, lo que es nocivo». Las vicisitudes para la publicación de esta novela formarían otro soberbio capítulo dentro de ella. Ahora, a seguir aprendiendo y disfrutando de la abrumadora narrativa de este cronista excepcional. Todo fluye completa Vida y Destino y Por una causa justa la precede. Rompiendo la lógica, es la que ahora comienzo a leer, porque uno, completamente seducido, quiere más de lo mismo. Ya en el capítulo 3, la despedida de Vavílov de su familia, de su casa, de su mundo, es “puro mármol”, como se supone que habría dicho Trotsky.

Y como ilustración final, un pasaje favorito: la chapuza de un condenado a muerte. Poe, Kafka y Gila de la mano:

En el puesto de guardia el centinela le contó el “caso excepcional”.

-Me amenazan con mandarme a primera fila, pero este lugar es mil veces peor. Aquí uno tiene siempre los nervios de punta… Trajeron a un hombre que se había automutilado para fusilarlo; se había disparado en la mano izquierda a través de una hogaza de pan. Lo fusilan, lo entierran y, mira por dónde, resucita por la noche y viene a vernos. Trabajan de una manera tan chapucera que te crispan los nervios. Al ganado lo sacrifican con más esmero. ¡Es una chapuza total! la tierra está helada, desbrozan un poco la maleza, cubren el cuerpo de cualquier manera y se van. Está claro cómo salió de nuevo a la superficie. ¡Si le hubieran enterrado según las instrucciones nunca habría asomado la cabeza!

Y Krímov, que toda la vida había respondido a las preguntas y aclarado las ideas de la gente, ahora preguntó, confuso:

-Pero ¿por qué regresó?

El guardia se rió.

-Y ahora el sargento que lo condujo a la estepa dice que hay que mantenerlo con pan y té hasta que se formalicen sus documentos, pero el superior de la sección administrativa es duro de pelar y arma un escándalo: “¿Cómo vamos a darle té si ya lo hemos liquidado de la lista?”

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Fanzine STAMP

julio 10, 2014

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Nostalgia recuperada: uno no puede sino recibir con emocionada sorpresa la edición facsímil del fanzine Stamp a cargo de Libros Walden. Stamp tuvo una vida breve, pero su paso tuvo un significado necesario para los sedientos de cultura pop, apelotonados en los abrevaderos de los fanzines.

Gracias a la conexión Stamp, pudimos seguirle al pista a la llamada escena C-86 que se asomaba por Radio 3 (otra vía esencial para los alejados de casi todo), y en mi caso llegué a considerar como “C-89” a todos esos nuevos grupos desconocidos que poblaron sus fotocopias, y que prometían excelencias al lado de ilustres como McCarthy, Felt, The Brilliant Corners o Jesse Garon & The Desperadoes, protagonistas estos nada menos que del flexi que traía el primer número; de modo que, cuando me enteré de su existencia gracias a Flor de Pasión, “casi me muero”, por utilizar una de esas expresiones típicas de fan que llenaron la información de Stamp.

Porque Stamp fue un típico fan-zine lleno de las inevitables listas de gustos con lo mejor y lo peor; de cuestionarios personales a los héroes musicales; de un recorta y pega compuesto por la asociación de fotos y escuetos párrafos separados a máquina de escribir del que supieron sacarle una imagen estética (páginas como las de St.Christopher o PO! quedaron especialmente bien) redondeada con una afición por el cine español costumbrista-oficialista de los Sesenta que, particularmente por aquí costó entender (“Por favor, déjanos mantener el toque chochi en Stamp”, respondían), pero que se demostró perfectamente válido por su atrevimiento personal. ¿O es que acaso debíamos pedirles los típicos homenajes al Free Cinema o la Nouvelle Vague? Mérito el de su conquista.

Y sobre todo, por el detalle de aceptar y alentar las cartas personales. De fan a fan. A mí me tocó John Sillitoe y aún guardo con cariño aquella correspondencia.

Misión cumplida en unos tiempos prehistóricos, desde la perspectiva de la facilona sobreinformación de hoy en día; entonces no era tan fácil, pero por eso, seguro, se disfrutaba el doble. Nombres como PO!, Bradford o East Village quedaron asociados ya por siempre a este fanzine que tenía, como sus coetáneos británicos en los que se inspiraba, la excelente costumbre de distribuir flyers y catálogos de sellos que permitirían empezar a pedir directamente esos siete pulgadas que resultaban tan necesarios, aparcando las no menos necesarias cassettes grabadas, en tiempos de hambruna.

Por Stamp comenzamos a  hacernos con los discos de Sarah Records, por ejemplo, algo que siempre irá asociado al uso entre nervioso y emocionante de los giros postales en aquellas visitas esperanzadas a Correos, en Granada, con la torpeza de creer que había que cambiar pesetas por libras! “¿Para qué quieres eso?”, preguntaba el funcionario. Aturdida primera vez… Pero pocas esperas tan ilusionantes e impacientes como la llegada de un paquete con discos.

Stamp fue una guía que trajo a casa parte de los mejores años de aquella independencia británica, poco antes de que todo empezara a empeorar. Fue el reflejo de una manera idílica de entender el pop. La entrevista que introduce los tres números más el especial Donosti clarifica y pone en su contexto la trayectoria de este fanzine, recordándonos aquel tiempo de de inspiradora afición, de imperecedera pasión, de honesta precariedad.

La celebración de esta arqueología de lo mítico y efímero va a pasar, cómo no, por una selección de aquellas Stampidas (“Hemos recibido muchas cartas sugiriendo que vendiésemos una cinta porque es difícil y caro poder conocer a la mayoría de estos grupos”) que permitieron ponerle banda sonora al fanzine, incluyendo -pena que no hayan entrado en el recopilatorio de los flexis que acompaña esta reedición- la contribución de Jesse Garon & The Desperadoes y St. Christopher a los dos primeros números. Dos bandas que ejemplificaron perfectamente los viejos y nuevos favoritos de entonces.

Unas cintas especialmente atinadas en su selección, combinando clásicos con caras B, maquetas y hasta grabaciones en directo, como la magnífica “I won’t make you love anymore” de Felt. Lamentablemente no me hice en su momento con el tercer número, pero el repaso sonoro a los dos primeros bien merece la pena para comprobar el poder de unas canciones para seguir haciéndote retroceder a un tiempo pasado tomado como referencia.

Sí, fue hace tiempo, pero aún somos creyentes en esa fe por la que “esperamos ansiosos que sigan dándonos dos minutos de vinilo que nos bloqueen los sentidos como esta sobredosis de belleza”. A la manera de aquellos cinco chicos madrileños.

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01. Jesse Garon & The Desperadoes – I want

02. Jesse Garon & The Desperadoes – Presence

03. Wolfhounds – Me

04. McCarthy – Something wrong somewhere

05. The Field Mice – I can see myself alone forever

06. St. Christopher – Forever more starts here

07. The Odgens – Rachel put your arms about me

08. The Man From Delmonte – Drive, drive, drive

09. Lloyd Cole & The Commotions – Swetnees

10. Bradford – Boy will be boys

11. The Sundays – Don’t tell your mother

12. St. Christopher – If I could capture

13. Po! – Appleseed Ally

14. The Orchids – Defy the law

15. Bob – Kirsty

16. Felt – I won’t make you love anymore

17. Fat Tulips – St. Steven

18. The Brilliant Corners – Delilah sands

19. East Village – Her father’s son

20. Remember Fun – Cold inside

Stampida

 

 

 

 

ROBERTO ARLT: EL CRIADOR DE GORILAS (1943)

mayo 30, 2014

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Los cuentos reunidos en El criador de gorilas dejan la sensación, tras leerlos, de unas Mil y una noches de situaciones aberrantes, por  lo insólito de las anécdotas y lo exótico de los escenarios. Su autor, el bonaerense Roberto Arlt, había viajado como corresponsal del diario El Mundo por España y Marruecos a mediados de los treinta, y de entonces seguramente le vino la fascinación por el exotismo orientalista y el África negra, que unido al gusto por mostrar el poder de la tradición oral para engatusar la imaginación daría como resultado estas narraciones, resultado tal vez de una insatisfacción por la sordidez de la vida corriente.

Comienza potente, con una historia de venganza cruel por medio de hormigueros gigantes. Tras ella, la de “Halid Majid, el achicharrado” (por despecho), y luego “Rahutia la bailarina”, un cuento de espías en el marco del arrabal morisco de Tetuán:

Las estrellas brillaban como faroles en el alto cielo; las palmeras recortaban el espacio semejantes a fatigados abanicos. Rahutia corría a través de las terrazas como un fantasma; las mujeres de otros harenes la veían pasar, pero con esa solidaridad cómplice que liga a todas las musulmanas, fingían no verla…

Y así seguirá, metiendo requiebros grotescos entre detalladas descripciones de lo pintoresco; quizás -con el paso de las historias- forzando la imaginación e incluso llegando como impaciente al desenlace de unas historias que parecen quedar interrumpidas por su pronto final.

Un libro raro, dicen, de un escritor de culto al que hemos descubierto con estas narraciones de unos tiempos y lugares “enganchados por el engranaje del misterio bestial que en todos nosotros ha puesto el demonio”.

DINO BUZZATI: EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS (1940)

marzo 12, 2013

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Giovanni Drogo nunca saldrá de esa fortaleza ni habrá ningún ataque del exterior.

Esa fue la idea que me quedó la primera vez que me encontré con El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. Evidentemente no terminé, ni mucho menos, de leerla: había ido pasando las hojas de una historia que parecía no avanzar y esa creencia terminó por abrumarme. Era el mismo placer incómodo que cuando te las ves con Kafka, o al menos esa sensación me quedó.

Afortunadamente retomé esta novela hace poco (edición en Alianza), y ahora sí, disfrutada hasta el final. Bien que lo merece. Andaba yo un poco equivocado con aquel recuerdo.

El placer incómodo de vérselas, quizás, con la desesperación tornó por fin en encanto irresistible por esta epopeya secreta, como tan bien la definió Javier Cercas en un artículo para Babelia que tituló “La épica de los sueños“, y creo que también autor del afinado texto de contracubierta, que señala la fascinación por el paisaje formal y por la significación oculta de esta fábula.

Un destino no solicitado; la improbable amenaza de ataque de… ¿los tártaros?; un desierto allí, en medio de los Dolomitas…

La pregunta de por qué se empeña Drogo en permanecer en la fortaleza parece apuntar a la cuestión ética que Buzzati entiendo que quería tratar (y utilizo frases subrayadas en el libro): la renuncia a la lucha menuda por la vida cotidiana de personas no adaptadas a la vida común de la gente normal.

El teniente Drogo personaliza la ilusión de contener la huida del tiempo, y la vana espera de una gloria que dé sentido heroico a la vida.

Así Drogo sube una vez más el valle de la Fortaleza y tiene quince años menos de vida. Por desgracia no se siente cambiado en gran cosa, el tiempo ha huido tan velozmente que el ánimo no ha conseguido envejecer. Y aunque la oscura angustia de las horas que pasan se haga cada día mayor, Drogo se obstina en la ilusión de que lo importante aún tiene que comenzar. Giovanni espera paciente su hora, que nunca ha llegado, no piensa que el futuro se ha abreviado terriblemente, ya no es como antaño, cuando el tiempo por venir podía parecerle un periodo inmenso, una riqueza inagotable cuyo derroche no presentaba ningún riesgo.

Dino Buzzati le reserva un final honroso al ya viejo e impotente capitán Drogo cuando, de regreso a casa ahora que por fin se avecinaba batalla, por fin encontrará un sentido en el hecho de enfrentarse gallardamente ante la muerte que le llega en esa posada del camino.

La lectura de El desierto de los Tártaros nos remueve por dentro: avisa del peligro de llegar a oír “el latido del tiempo escandiendo ávidamente la vida”, y eso nunca viene mal para una existencia acomodadiza con tal de no asomarse al vacío. Encima nos llevamos el placer literario de haber excitado nuestra imaginación con ese escenario casi irreal situado en un tiempo impreciso, lo atrayente de una expresión como “El mundo del septentrión” para todos los que seguimos teniendo como brújula ese “Viaje al norte” que cantaban Los Negativos.

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Dino Buzzati tiene toda la pinta de haber sido un gran amante de la montaña, y uno de los pasajes favoritos que queda es esa expedición para delimitar los confines fronterizos, en la que el amigo de Drogo, Angustina, encontrará la muerte tras una estúpida cabezonería:

Los dos oficiales, bajo la nieve, comenzaron una partida de cartas. Sobre ellos las rocas cortadas a pico, debajo el precipicio negro.

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En este enlace se nos presenta en gozoso relato la kafkiana sombra de Kafka sufrida por el propio Buzzati en una visita a Praga.

Por Las Islas

febrero 22, 2013

Anglofilia bien entendida.

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Prendado de regalos así. Envidia de Cristina, que los muestra en su blog En Barcelona… Uno debería de hacer méritos para ganarse algo parecido.

Al ver este juego de mesa me acordé también, aparte de esos pósters de turismo a los que somos tan aficionados por aquí, de la novela de Kazuo Ishiguro Lo que queda del día, que leí hace unos meses. Contiene las afinadas disquisiciones de Stevens , el mayordomo de Darlington Hall, sobre su oficio; pero lo que más me gustó fue lo de su viaje en coche por el oeste del país, pertrechado con mapas de carreteras y con ese volumen, Las maravillas de Inglaterra, de Jane Symons, que incluso llegué a buscar para comprobar si de verdad existió.

Delante de mí se extendía una sucesión de campos que se perdían en la lejanía. La tierra parecía ligeramente ondulada y los campos estaban bordeados de árboles y setos. En algunos de los más alejados vislumbré unas manchas que supuse que eran ovejas, y a mi derecha, casi perdida en el horizonte, me pareció ver la torre cuadrada de una iglesia.

Las maravillas de Inglaterra… Típicas imágenes reluciendo en  nuestra imaginación gracias a acertadas materializaciones como la de este juego de mesa.

Y mientras, sonando, canciones así:

Hideaway

Devine & Statton – hideaway