Pablo Uriel: No Se Fusila En Domingo (Pre-Textos, 2005)

978-84-8191-703-1[1]

Un joven médico que se ve sorprendido por la sublevación militar de 1936 mientras remonta el Ebro en su piragua… Las memorias de guerra de Pablo Uriel dejan constancia de su valía como observador para ayudarnos a entender aquel terrible conflicto desde un punto de vista humanista; seguramente la manera más apropiada de acercarse a él teniendo en cuenta las consecuencias que de todo aquello aún arrastramos.

Un par de cuestiones parecen estar especialmente presentes en sus recuerdos de la represión en territorio franquista, luego en el ejército de Franco y finalmente en la zona republicana: la docilidad para morir mostrada por las víctimas ante sus verdugos, algo que le sorprende y ante lo que se revela, pues facilitaba “aquella terrible justicia que defendía la verdad de los poderosos”:

Morían sumergidos en una especie de pasmada perplejidad que anulaba su capacidad de lucha (…) Si cada uno de los miles de fusilados hubiera defendido su vida, aún estarían corriendo los generales sublevados.

Junto a esa experiencia, vivida especialmente durante el tiempo que pasó preso en la Prisión Militar de Zaragoza, Pablo Uriel no deja de lamentarse a lo largo de sus memorias del papel que la religión católica jugó en manos de los sublevados:

Nadie parecía comprender lo profundamente anticristiano de este Movimiento que satisfizo tantas aberraciones y perversiones.

Uno de los pretextos para esa guerra era la necesidad de garantizar en España una doctrina de paz y amor. Éramos testigos de la falacia y la hipocresía de ese pretexto. La forma en que morían los presos constituía un ultraje a la memoria de Jesús, cuyo nombre tanto se invocaba y cuya doctrina se vulneraba más en la zona de Franco que en la republicana.

Si veinte siglos de catolicismo en España no habían logrado que los católicos fuesen menos sanguinarios que los ateos, era evidente que los textos donde se aprendía esa doctrina no eran muy convincentes.

Y para los que se parapetan en el fiftyfiftysmo del “Y tú más”, convendría que cayeran en la cuenta de algo que el autor deja bien presente:

En la zona republicana también se mataba impunemente, pero nunca por orden de las autoridades republicanas. Ellas se esforzaban por evitar estas muertes, movidas por el horror que toda persona normal debe sentir ante este tipo de crímenes. Los fusilamientos ilegales en la zona republicana provocaron, en los liberales y hombres de izquierda, un sentimiento de reprobación que no se producía en los hombres de derechas en la zona de Franco.
En la zona republicana los fusilamientos ilegales fueron considerados como crímenes, no como actos de justicia.

nº 7

Los que busquen acción trepidante envuelta en humo, cascotes y metralla la encontrará en su relato de la batalla de Belchite, pues estuvo al cargo de la enfermería montada en la iglesia de aquel “pueblo apaleado.”

Quien además guste de subrayar algunas frases literarias especialmente felices se topará con algún que otro hallazgo:

Un fusil ametrallador es una máquina torpe y ciega que dispara sus proyectiles caprichosamente; una maravilla de la ingeniería que siembra la muerte como una trágica regadera. El instrumento perfecto para un asesino morboso.

Aquellos que consideren que las mejores memorias sobre la guerra civil suelen dejar reflexiones esclarecedoras sobre nuestro presente obtendrán, también en estas, algún ejemplo valioso:

Al cabo de veinte años un nueva generación ha venido a constituir una gran parte del cuerpo nacional, y esta generación ha sido formada en un clima de indiferencia y desconocimiento buscado por nuestros gobernantes. Puede afirmarse que si en los primeros diez años el secreto de la estabilidad era el terror, hoy lo es por el hecho de que el pueblo español, quizás desilusionado, ha depositado toda su capacidad de pasión en el fútbol; sería difícil precisar cuál de estos dos estados anímicos es más pernicioso para España.

Y para los “lectovidentes” más amantes de la plasmación gráfica de los sucesos que de su descripción escrita, la crónica visual que a base de angulosos trazos Sento Llobel (yerno suyo, por cierto) ha hecho de estas memorias les animarán a conmoverse y a comprender el dramatismo de la guerra desde una perspectiva cívica y humanista. Precisamente este fin de semana el dibujante valenciano ha presentado la tercera entrega, Vencedor y Vencido. Con el deseo de que ahonde en las notas que dejó su suegro sobre la parte del desenlace final de la guerra, pues en la obra sus recuerdos de la zona republicana saben a poco, y uno quisiera seguir sabiendo de sus vicisitudes, por muy adversos que los sucesos fueran.

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