SANTIAGO LORENZO: LAS GANAS (Blackie Books, 2015)

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En el raro arte del destripe de emociones considerado como una fina manualidad, Santiago Lorenzo es un artesano de padre y muy señor mío. Las ganas (Blackie Books) es su tercera novela, y con ella vuelve a ofrecernos el plato estrella de la casa, elección única pero bien condimentada: una historia que es puro disloque utilizada como excusa para sacarle la pringe a unos personajes que son indigentes mentales (por utilizar expresiones suyas. Y seguimos.) con afectividad mal regada, con sentimientos dislocados, con frustraciones como guillotinas…

Se le empareja con la tradición tragicómica de los que usan el humor para entrever algo del secreto de la vida de los humanos, con una pena que por honda unos saben cómo y otros tratan de mantener a raya: los Valle-Inclán; Azcona; un García Pavón como más de ciudad, pero más embarrado por dentro también… Y hasta un Ibáñez que le diera por ponerse estupendo.

Su arte vendría así como consecuencia gástrica de atracarse de ensalada oximorónica de sentimientos encontrados y con un aliño, claro, agridulce: nostalgia despiadada, socarrona tristeza, ternura enrobinada… En este caso (porque lo suyo es el pluriempleo) nos encontramos con tragicomedias de pequeñez conmovedora, amargas a la fuerza pero con fundamento en el regusto.  El suyo es un perdigoneo -a la fuerza tembloroso- de emociones a bocajarro, en el que la peste a pólvora no tapa un fuerte olor a humanidad.

Prosa lustrosa que mantiene como seña el gusto por la inventiva de palabros dignos de tal cursiva: aquí serán el mocordo, la mochufa, La Confesanta y, por supuesto, porlar y el tremedal por no hacerlo.

Palabras para ilustrar el estilo linguístico de Santiago Lorenzo, que hace buena la verdad de que el lenguaje son las gafas transformacionales para ver la realidad y crearla simultáneamente. De ahí un gusto revelador por otras palabras como pifostio, jocundia, soplez, sofoquera…

En ese sentido, esta tercera novela es solo para fans de los que caímos rendidos ante el sorprendente descubrimiento de este autor y sentimos una reconfortante consagración posterior con la aparición de una nueva obra suya. Que habrá quien no le haga tanta gracia y considere una soplapollez sin fuste de Alta Literatura el argumento de un desgraciado que lleva tres años sin sexo (como anteriormente el de uno del GRAPO al que le toca la lotería o el de los tres hermanos que odian el teatro y montan una obra), y haga mofa de la mofa que se hace en ellas.

Por ejemplo, el principio del capítulo 17:

Habían quedado por la tarde en el René de siempre. Nada más llegar, Teresa le preguntó a su hermano si había hablado con su María y si le había despachado los datos que le adeudaba. Benito mintió mejor esta vez. Le dijo que sí, que por fin se lo había contado todo anteayer. Que María se lo había tomado muy bien y que habían quedado en seguir juntos, a ver qué tal les iba si le echaban a todo mejor disposición. Que gracias por su consejo. Teresa se alegró sobremanera.

Que habrá pues quien piense que mejor un relato centelleante que una novela larga y acomodada en su peculiaridad, haciendo un constante ejercicio de referencia de peculiar estilo a base de meter expresiones ingeniosas, por lo que muchos pasajes parecen sostenerse o existir solo por el deseo del autor de colocar su batería de ocurrencias.

Pero el peligro del despiporre intrascendente se ahuyenta cuando existe en su responsable la intención de quitarle al adjetivo ese prefijo de origen latino que denota privación.

Efectivamente, el arte de este artesano trasciende la chanza por intención redentora. Las Ganas va tomando fuste conforme se acerca el desenlace. Y no muchos se atreverán al órdago de colocar en los comienzos de un libro la afirmación “Hace tres años que no follo con nadie.” Pero Santiago Lorenzo sale airoso de su propio envite cuando caemos en la cuenta de que el cabronasso nos ha vuelto a manosear la fibra.

Porque al terminar de leer el capítulo 24 pensamos con admiración que el libro tiene un final magnífico, el que le tocaba sí señor, y justo entonces descubrimos que hay un capítulo 25 que sí que es el final y que supone un primoroso “qué fue de ellos” en donde se condensa la moraleja de todo el asunto.

Que sí, que toda esta juguetona ternura tragicómica es superior por responder a un motivo aleccionador. Que la letra con enseñanza entra.

Y es que ésta es una novela que va contra los pusilánimes. Porque lo que nos recuerda eeste tipo de Portugalete es que las miserias se sobrellevan mejor cuando uno las lleva con decoro, enfrentándose a lo que sea con el ánimo alto. Por muy baja que esté la picha. Que en el pecado va la penitencia, como señalará más de una vez.

Y que con el personaje de María nos deja un hada madrina involuntaria que es un primor. El borboteo emocional fermentó finalmente en impulso vivificante.

Y si el final es lo mejor de la historia entre Benito y María que había acabado antes, el libro -como en aquel Los Millones– guarda un último apartado (‘Sobre los lugares. Realidades y licencias.’) que -demonio de tío- mejora lo mejor del final de la novela. Ese repaso por las localizaciones de la novela es la invitación de la casa que le faltaba al festín.

Sedientos nos quedamos de leer un libro enterico dedicado a glosar las excelencias de los bares y cafés de Madrid -o de donde sea- cuya existencia se debió o se siga debiendo a “las ganas de cualquier vecino de despegarse de la realidad oficial”. Solo por la mención que hace de algunos de ellos (“Cipriano Moreno te dejaba en la barra la botella de chinchón y una copa limpia, y se iba a dormir a la cocina.”) ya merece la pena este libro, y pone en solfa todas las guías con estrellitas de turismo plasticoso que en el mundo hay.

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Mucho y bueno que subrayar por todo el libro. Celebrémoslo con diez convidadas a chinchón, diez, para emborracharse con la prosa del gran Santiago Lorenzo.

– Pasárselo bien con alguien consiste en experimentar la ilusión óptica de que el ayuntamiento, ya era hora, ha arreglado la ciudad.
– Una inquietud retorcida como un cable de cobre.
– No provoca el aburrimiento quien habla mucho, sino quien no escucha nada.
– No por vividos, los sentimientos candentes generan literatura de fuste.
– El pedazo borracho del anfitrión no había dejado ni para santiguarse.
– Iba a calcinar las verdades a medias, que en los afectos valen por mentiras enteras.
– Una tonta con título, orla, trienios, seguridad social y días de asuntos propios.
– Se le hacía insoportable no verla, que para echar de menos a alguien ya tenía a Dios.
– Al hombre se le trabucaba la alegría de la noticia con los hipidos de la pena.
– Sus moliendas cerebrales y reticencias a entregarse a válvula entera.

Y unas pinceladas acerca del asunto, en apoyo de cómo hay que tomarse “eso” cuando, finalmente, ante tantas miserias personales, uno dice de sacar la dignidad que lleva dentro para ver más claro y vivir más libre:

– Reventar a mazazos la piñata de sus años de ganas (…) Momentos de gloria explosiva y de espasmo continuo, quedando para tratarse como perros y pasárselo como dioses.

A su salud, maestro. Y gracias.

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