VASILI GROSSMAN: VIDA Y DESTINO (Círculo de Lectores, 2009)

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Vida y destino, novela de las de largo aliento, así que no ha de extrañar que uno tome aire al inicio, entreviendo la magnitud de la lectura que tiene por delante; que la deje por impaciencia, al poco de empezarla, visto lo difícil que está resultando recordar en cada momento las circunstancias y el parentesco de todo ese montón de nombres y apellidos rusos de difícil pronunciación; que la retome, al descubrir al final del libro -vaya despiste- una lista con los principales personajes junto a un dato biográfico para lograr colgarlos en la memoria ante el paso de los capítulos. Con esa ayuda, podremos ir acostumbrándonos poco a poco al vaivén de personajes y escenarios diferentes hasta dar -más pronto que tarde- con el primero de los muchos capítulos plenos de emoción, que nos atrapará para caer ya rendidos ante esta obra que tiene como escenario la batalla de Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial.

Son unas mil cien páginas con momentos inolvidables que elevan el listón hasta la Gran Literatura: la descripción del gueto judío; la visita de una madre a su hijo, un teniente fallecido; la experiencia de los prisioneros judíos en las cámaras de gas; el cara a cara entre un oficial nazi y un prisionero bolchevique… Experiencias cuyo sustrato es el humanismo a pesar de todo.

Junto a ellas, el autor nos deja capítulos en los que, como en un aparte, expondrá sus reflexiones acerca de la bondad humana; del humanismo de Chéjov; la descripción de la estepa rusa; el momento subjetivo en que se sabe que una batalla está ganada o perdida…

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La lucha en Stalingrado -calle por calle, casa por casa- provoca una morbosa fascinación, y los nombres de algunos de sus lugares atraen y repelen al mismo tiempo en la configuración de una leyenda levantada sobre el dolor, la sangre, la herrumbre, los escombros: la fábrica de tractores Octubre Rojo; los almacenes Univermag; la colina Mamáev Kurgán, los francotiradores… Inevitable desear leer más y más sobre ello. Aunque esta novela no se prodiga en la descripción de batallas, el episodio de la casa 6/1, con su defensa al mando del guerrillero Grushev -y con la historia de la telegrafista- ofrece la épica militar de asedio y resistencia ente cascotes que uno espera de una lucha tan decisiva. El cuerpo de tanques del oficial Nóvikov, con esa espera para entrar en batalla, desobedeciendo órdenes con tal de salvar algunas vidas humanas, destaca también en este escenario histórico (lleno siempre de sufrimiento).

Pero va a ser la historia de caída y auge del científico Víktor Pávlovich Shtrum -seguramente trasunto del propio escritor, protagonista de la familia Sháposhnikov que hace como de hilo conductor en la novela- la que consigue absorber la atención, ávida de saber cómo acabará todo. Curioso, cuando al principio uno busca más y más leña en torno a la lucha en Stalingrado, y por ello toma la historia de Shtrum y los suyos como poco menos que una intrusión pequeñoburguesa, va a ser la narración de la vida y trabajo de ese grupo de físicos la que se imponga como vehículo para que Grossman nos traiga, sin duda, la luz más clarificadora sobre lo que significó el estalinismo. Podría haber sido una novela autónoma, y hubiese resultado igualmente magnífica.

Y con esa historia, junto a la del viejo bolchevique Mostovskói y también, especialmente, la del comisario político Krímov,  Vasili Grossman ilustra la dialéctica que recorre toda la novela: la confianza en los ideales originales de la Revolución, pero al mismo tiempo el rechazo a los abusos del autoritarismo y el poder aplastante del Estado.

Desollado el cuerpo vivo de la Revolución, los nuevos tiempos se engalanaban con su piel, mientras que la carne viva, ensangrentada, las entrañas humeantes de la revolución proletaria iban directamente a la basura: la nueva época no los necesitaba.”

(…)

Una observación maliciosa sobre un camarada,una broma sobre un libro leído, un brindis burlón en un cumpleaños, una conversación telefónica de tres minutos, una nota malintencionada que había dirigido al presídium durante una asamblea: todo estaba recopilado en aquella carpeta con lazos.

Sus palabras y sus intervenciones, desecadas, componían un voluminoso herbolario. Unos dedos pérfidos habían recogido con diligencia maleza,ortigas, cardos, zarzas…

Y ese terrible comentario de “Nosotros, los chequistas, hemos elaborado una tesis superior: en el mundo no existen hombres inocentes.”

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Vida y destino consigue que creamos que la literatura puede hacernos comprender mejor los hechos históricos que los manuales; que la ficción narrativa puede hacer de instancia ordenadora de la realidad, aportando una vía de conocimiento e interpretación al menos tan valiosa como las que puedan derivarse de la investigación histórica.

Mucha valentía física y moral la de Grossman para aguantar las penalidades de la guerra y para contar minuciosamente lo que vio, capaz de coger un sensible teleobjetivo para las pequeñas cosas (se nota que Chéjov era su escritor favorito) como de pasarse al gran angular y meter todo un mundo en una novela.

Grossman derrocha amplitud de mirada e intensidad vital en lo narrado. Sufrimiento y esperanza, hambre y dignidad, victoria y represión: vida cotidiana y destino épico.

«Verdad es lo que es útil; mentira, lo que es nocivo». Las vicisitudes para la publicación de esta novela formarían otro soberbio capítulo dentro de ella. Ahora, a seguir aprendiendo y disfrutando de la abrumadora narrativa de este cronista excepcional. Todo fluye completa Vida y Destino y Por una causa justa la precede. Rompiendo la lógica, es la que ahora comienzo a leer, porque uno, completamente seducido, quiere más de lo mismo. Ya en el capítulo 3, la despedida de Vavílov de su familia, de su casa, de su mundo, es “puro mármol”, como se supone que habría dicho Trotsky.

Y como ilustración final, un pasaje favorito: la chapuza de un condenado a muerte. Poe, Kafka y Gila de la mano:

En el puesto de guardia el centinela le contó el “caso excepcional”.

-Me amenazan con mandarme a primera fila, pero este lugar es mil veces peor. Aquí uno tiene siempre los nervios de punta… Trajeron a un hombre que se había automutilado para fusilarlo; se había disparado en la mano izquierda a través de una hogaza de pan. Lo fusilan, lo entierran y, mira por dónde, resucita por la noche y viene a vernos. Trabajan de una manera tan chapucera que te crispan los nervios. Al ganado lo sacrifican con más esmero. ¡Es una chapuza total! la tierra está helada, desbrozan un poco la maleza, cubren el cuerpo de cualquier manera y se van. Está claro cómo salió de nuevo a la superficie. ¡Si le hubieran enterrado según las instrucciones nunca habría asomado la cabeza!

Y Krímov, que toda la vida había respondido a las preguntas y aclarado las ideas de la gente, ahora preguntó, confuso:

-Pero ¿por qué regresó?

El guardia se rió.

-Y ahora el sargento que lo condujo a la estepa dice que hay que mantenerlo con pan y té hasta que se formalicen sus documentos, pero el superior de la sección administrativa es duro de pelar y arma un escándalo: “¿Cómo vamos a darle té si ya lo hemos liquidado de la lista?”

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