KON ICHIKAWA: YUKINOJO HENGE (1963)

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Ver La venganza de un actor me ha producido la misma emoción de sorpresa que el descubrimiento del cine de The Archers, así como reaviva el recuerdo de la sensacional Kwaidan del gran Kobayashi (que es un año posterior), una de las triunfadoras absolutas de la pasada temporada. Imborrables hallazgos que parecen remover las esqueléticas bases del gusto cinéfilo personal para reordenarlo, enriqueciéndolo.

Mucho, mucho es lo que nos ofrece Ichikawa con esta película, una de esas obras únicas que parecen sostenidas por una lógica propia, intransferible. Más sorprendente y maravilloso resulta entonces saber que fue fruto de un encargo impuesto por la industria cinematográfica (insatisfecha por algunos fracasos de este autor) para que hiciese una versión de una película de 1935. La venganza del director, dejando como resultado esta obra tan personal, resulta sublime.

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Una película que en su ADN almacena una representación teatral en la que forma y fondo confluyen: escenarios cuidadosamente preparados que recogen un festival de colores, de luces y de sombras deslumbrante, para la historia de un intérprete de teatro kabuki que hace papeles de mujer y se sirve de ese transformismo para eliminar a todos cuanto culpa de la muerte de sus padres.

Película lírica y tempestuosa, suave y violenta, de acción y de conciencia interior, humorística y terrible en sus puntuales notas de terror. ¡ Y esa banda sonora que combina el jazz con suntuosos arreglos de cuerda!

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Uno se ve arrastrado por un estilizadísimo viento pasional, quedándo aturdido, dándole vueltas a la cuestión que plantea la película: el tema de la representación, de la autoconsciencia de la ficción, y en el fondo de la verdad como autenticidad. Yukinojo decidió poner en la promesa de venganza el sentido a su vida, y convirtiéndola en una tragedia teatral, se dedicará a llevar a buen puerto su única y definitiva representación. ¿Quizás por ello, en el momento en que duda acerca del cumplimiento de esa promesa, sea cuando lo vemos vagando por los exteriores, por ese campo de níveos jopos, como fuera del escenario donde sí es el que debe ser?

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Desde luego, todo espectador que agradezca la profusión de detalles juguetones disfrutará con la historia de este actor que nunca se desprende de su vestimenta femenina (y cuya afectación en el habla -conociendo sus intenciones- es de una retranca que pone los pelos de punta), lúdicamente aderezada con las historias en paralelo de los ladrones, persiguiéndose unos a otros durante todo el film, con el añadido de que es el mismo actor (Kazuo Hasegawa, que encima ya había intervenido en aquella película de 1935) quien hace a la vez de protagonista y de ladrón fascinado por él. Yo tardé un poco en darme cuenta.

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Yukinojo Henge es de las que fascinan y por ello no se olvidan. Con ella el director japonés Kon Ichikawa se marcó un tanto que determinaría su consideración de cineasta con obra ecléctica, pero que por aquí (vistas El arpa birmana, 1956 y Fuego en la llanura, de 1958) ya es reverenciado como lo que es, un grande con las intenciones claras. En la recámara tenemos su documental sobre las Olimpiadas de Tokyo (1965), y apuntadas quedan más obras suyas, seguro que disfrutables, como Conflagración (1958), La llave (1959) o Diez mujeres oscuras (1961).

1 Yukinojo henge - Kon Ichikawa - An Actor's Revenge 1963

Adorable foto esta del rodaje de la película, en la que el actor Kazuo Hasegawa aparece entre Kon Ichikawa y su mujer, la guionista Natto Wada, con quien formó una colaboración memorable para la historia del cine.

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Y como la siguiente crítica, firmada por Horacio Bernades, aparece profusamente copiada en la mayoría de las reseñas que he encontrado, aquí la vuelvo a reactivar porque hace honor a esta película “asombrosa, lúdica y demencial.”

Todo este sistema de simulaciones, intercambios y dobleces alcanza el summum en La revancha de un actor, sin ninguna duda la película más asombrosa, lúdica y demencial del dúo Ichikawa-Wada, que significativamente clausura la colaboración profesional entre ambos y remata con un broche de oro el ciclo de la Lugones. En Cinemascope y restallantes colores, la película que hizo delirar a Susan Sontag y Nicholas Ray narra una historia de venganza familiar. El vengador es un actor de teatro kabuki que se infiltra en el seno del grupo de despiadados comerciantes que tiempo atrás llevaron a sus padres a la quiebra, la locura y el suicidio. Pero tiene una particularidad: es un onnagata, nombre que en la tradición del kabuki reciben los actores especializados en papeles de mujer. A diferencia de los onnagata tradicionales, que fuera de escena se sacan sus ropajes de mujer, éste se los deja puestos, y sus preferencias sexuales nunca quedan del todo claras. Lo curioso es que, así vestido, seduce no sólo a la hija del comerciante sino a una segunda mujer, que caen rendidas a sus pies apenas lo ven luciendo su arrobador kimono azabache. Pero, además, el juego de mediaciones y duplicaciones se completa con un ladrón que va siguiendo los movimientos del actor, y unsegundo ladrón que compite con el primero para ver quién es mejor. El actor que hace del ladrón y el actor que hace del actor son uno y el mismo. En realidad… ¡es el mismo actor que había hecho ambos papeles en una primera versión de la película, treinta años atrás! La revancha de un actor es, por otra parte, la película donde Ichikawa lleva al extremo dos de sus constantes más marcadas: el carácter laberíntico del relato, que avanza y retrocede, se dispersa y se disgrega, con la intención de inocular en el espectador las ideas de artificio y representación, y una estética acorde, cuyos decorados son siempre artificiales, cuyos encuadres persiguen la más acusada geometría y cuyos colores no le deben nada a la naturaleza. Para sumar arbitrio y distanciamiento, Ichikawa prende y apaga luces en el interior de las escenas (Coppola tiene que haber visto La revancha de un actor antes de filmar One from the heart) y combina música tradicional con pasajes jazzísticos, saturando las escenas de aparente romance con violines que chorrean sentimentalismo.

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