DINO BUZZATI: EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS (1940)

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Giovanni Drogo nunca saldrá de esa fortaleza ni habrá ningún ataque del exterior.

Esa fue la idea que me quedó la primera vez que me encontré con El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. Evidentemente no terminé, ni mucho menos, de leerla: había ido pasando las hojas de una historia que parecía no avanzar y esa creencia terminó por abrumarme. Era el mismo placer incómodo que cuando te las ves con Kafka, o al menos esa sensación me quedó.

Afortunadamente retomé esta novela hace poco (edición en Alianza), y ahora sí, disfrutada hasta el final. Bien que lo merece. Andaba yo un poco equivocado con aquel recuerdo.

El placer incómodo de vérselas, quizás, con la desesperación tornó por fin en encanto irresistible por esta epopeya secreta, como tan bien la definió Javier Cercas en un artículo para Babelia que tituló “La épica de los sueños“, y creo que también autor del afinado texto de contracubierta, que señala la fascinación por el paisaje formal y por la significación oculta de esta fábula.

Un destino no solicitado; la improbable amenaza de ataque de… ¿los tártaros?; un desierto allí, en medio de los Dolomitas…

La pregunta de por qué se empeña Drogo en permanecer en la fortaleza parece apuntar a la cuestión ética que Buzzati entiendo que quería tratar (y utilizo frases subrayadas en el libro): la renuncia a la lucha menuda por la vida cotidiana de personas no adaptadas a la vida común de la gente normal.

El teniente Drogo personaliza la ilusión de contener la huida del tiempo, y la vana espera de una gloria que dé sentido heroico a la vida.

Así Drogo sube una vez más el valle de la Fortaleza y tiene quince años menos de vida. Por desgracia no se siente cambiado en gran cosa, el tiempo ha huido tan velozmente que el ánimo no ha conseguido envejecer. Y aunque la oscura angustia de las horas que pasan se haga cada día mayor, Drogo se obstina en la ilusión de que lo importante aún tiene que comenzar. Giovanni espera paciente su hora, que nunca ha llegado, no piensa que el futuro se ha abreviado terriblemente, ya no es como antaño, cuando el tiempo por venir podía parecerle un periodo inmenso, una riqueza inagotable cuyo derroche no presentaba ningún riesgo.

Dino Buzzati le reserva un final honroso al ya viejo e impotente capitán Drogo cuando, de regreso a casa ahora que por fin se avecinaba batalla, por fin encontrará un sentido en el hecho de enfrentarse gallardamente ante la muerte que le llega en esa posada del camino.

La lectura de El desierto de los Tártaros nos remueve por dentro: avisa del peligro de llegar a oír “el latido del tiempo escandiendo ávidamente la vida”, y eso nunca viene mal para una existencia acomodadiza con tal de no asomarse al vacío. Encima nos llevamos el placer literario de haber excitado nuestra imaginación con ese escenario casi irreal situado en un tiempo impreciso, lo atrayente de una expresión como “El mundo del septentrión” para todos los que seguimos teniendo como brújula ese “Viaje al norte” que cantaban Los Negativos.

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Dino Buzzati tiene toda la pinta de haber sido un gran amante de la montaña, y uno de los pasajes favoritos que queda es esa expedición para delimitar los confines fronterizos, en la que el amigo de Drogo, Angustina, encontrará la muerte tras una estúpida cabezonería:

Los dos oficiales, bajo la nieve, comenzaron una partida de cartas. Sobre ellos las rocas cortadas a pico, debajo el precipicio negro.

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En este enlace se nos presenta en gozoso relato la kafkiana sombra de Kafka sufrida por el propio Buzzati en una visita a Praga.

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