Annapurna 1950

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Sobrecogidos ante la maravillosa e intimidante visión de inmensas, descomunales paredes de hielo y piedra, con afiladas crestas y abismales precipicios; con el rugido del viento y el bramido de las avalanchas como inquietante banda sonora para tan cegador espectáculo. “Un mundo al mismo tiempo encandilante y amenazante, y el ojo se perdía en sus inmensidades”…

El atractivo del montañismo y sus gestas es innegable hasta para los que nunca pasamos de recorrer seguros senderos a poco más de un par kilómetros de altura, como mucho. Sobre todo cuando se narra desde una visión trascendental que supera lo de la lucha contra la montaña para encontrarle el definitivo sentido humano.

David Navarro se marca un excelente artículo en Jot Down con el relato de aquella aventura de la expedición francesa que coronó el temible Annapurna a primeros de junio de 1950.

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Dividido en tres partes, de su emocionante lectura nos queda haber caído en la cuenta de los tres enormes retos que aquella expedición tuvo que afrontar, pues efectivamente no se trataba solo de asaltar la cima de un Ochomil por primera vez, sino que previamente para ello hubieron de explorar la manera de llegar a la montaña para después encontrar una ruta de ascenso viable. Y todo en un tiempo limitado.

Maurice Herzog se llevó la mayor fama, pero las figuras de sus compañeros también merecen ser agigantada: Louis Lachenal, Lionel Terray, Gastón Rébuffat, aquellos reclutados de la Compañía de los Guías de Chamonix. Junto a ellos, los formidables sherpas capaces de acarrear con los heridos de vuelta por pasos precarios al borde del abismo.

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La épica de la aventura se desata definitivamente en el relato de aquel infernal descenso de los alpinistas: dos temporalmente ciegos (Rébuffat y el portentoso Terray) y otros dos congelados y mentalmente desquiciados, los que alcanzaron la cima: un Herzog desvariando por culpa también de las dosis de Maxiton, con las manos de mármol morado, y Lachenal, tan preocupado por perder sus pies, lo que significaría el fin de su trabajo como guía de montaña en verano e instructor de esquí en invierno.

Lo de la noche casi al raso, en aquella caverna helada, sin saber dónde se encontraba el campo base…

Las amputaciones como tangible precio por un premio tan intangible, comenta el autor, que además trae citas acertadas como aquella que dice que, “Como no sabían que era imposible, lo hicieron.”

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Uno ve con emoción las fotos que ilustran aquella legendaria expedición, y se queda con ganas de más: de leer, por fin, Annapurna, el libro de Herzog que monopoliza la aventura, el más famoso de los libros sobre montañismo. Pero igualmente deben de ser soberbios los que escribieron Terray (Los conquistadores de lo inútil) y Rebuffat (Entre la tierra y el cielo, señala alguien en los comentarios), así como esos documentales de Marcel Ichac, el fotógrafo de la expedición. O, en fin, repasar al menos algunos episodios de la serie Al Filo De Lo Imposible, que tanto comparte ese espíritu poético hacia la montaña.

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Curiosamente hace una semana que vi Gasherbrum, la Montaña Luminosa (1985), el documental de Werner Herzog (¡el otro Herzog!) que tiene como protagonista a Reinhold Messner, otro de esos titanes del alpinismo que, en 1984, emprendió la ascensión de dos cimas del Karakorum, en Pakistán, en compañía de Hans Kammerlander, con el reto de alcanzarlas en siete días, sin parar, sin oxígeno y sin descender al campamento base.

Un documental interesantísimo sobre todo por las reflexiones de Messner acerca de la escalada como algo obsesivo y mórbido:

Pienso que el hecho de escalar montañas es un signo de degeneración cerebral, sobre todo cuando consideras que los hombres han de trabajar duro para sobrevivir. Mis vecinos me dicen que escalar montañas no tiene sentido… Pienso que todos los artistas, los genios creativos, están locos. El arte y la creatividad son dos formas de degeneración.

La fascinación por la altura me ha animado todo este tiempo, pero no puedo responder a la cuestión de por qué hago todo esto, ni tampoco a la de saber por qué vivo. La pregunta no existe porque todo mi ser es la respuesta.

Yo también me digo por qué tengo necesidad de esto. Dos o tres veces al año tengo necesidad de volver a medirme, como un fanático que no puede pararse. Compruebas hasta qué punto eres pequeño, vulnerable.

Y un par de detalles: uno anecdótico, el del encuentro con dos alpinistas españoles que venían de intentarlo sin éxito, avisando del riesgo de avalanchas en castellano; así, sin problemas, como si fuese el idioma universal. El otro muy emotivo: el derrumbamiento de Herzog (avalancha interior) rememorando el momento en que le contó a su madre el fallecimiento de su hermano, a su regreso de la expedición al Nanga Parbat, en 1970.

3 comentarios to “Annapurna 1950”

  1. José Luis Says:

    Manolo me das por el lado del gusto (frase de tu cosecha) Durante algunos años mi pequeña caravana Adria, salía de Gójar enfilaba hacia Granada y tras pasar por Guadix, Chirivel y Barcelona acababa en un bucólico camping del pueblo de Chamonix; allí en plenos Alpes pude hacerme una idea de los relatos fantásticos que describieron los Bonatti, Messner, Rébuffat y otros muchos que allí comenzaron a subir al cielo.
    Apasionantes los relatos a los que haces referencia Manolo, quizá hasta finales de los años 70 todo fue mas romántico y mucho menos comercial que ahora, fue además época de grandes alpinistas que incluso se convirtieron en grandes narradores, quizá uno de los últimos de aquella generación fuera el gran Jerzy Kukuczka que en su libro “Mi mundo vertical” describe toda esa gloria que tan bien comentas en el blog.
    Tengo dos libros favoritos: “El primero de la cuerda” de Roger Frison-Roche y “Estrellas y borrascas” de Gaston Rébuffat, sin desmerecer a otros grandes de sobra conocidos.

    Saludos alpinos.

    • Manolo M. P. Says:

      Precisamente pensaba en ti al colgar esta entrada, y esperaba un comentario tuyo de este tipo, lleno de recuerdos y recomendaciones: apunto esos libros (el de Rébuffat va ganando muchos enteros), y te saludo lleno de envidia sana. Puedes estar contento con tus experiencias, creo yo.

      Salut!

  2. José Luis Says:

    Claro que si Manolo, aunque muchas veces lo sorprendente lo tienes a la vuelta de la esquina. Decía un trotamundos –Que a fuerza de tanto viajar uno se siente un extraño en su propia casa- y así es. Ya escribiré sobre el antiguo tramo de la carretera nacional Cullar Baza – Vélez Rubio, que siempre me produjo una gran fascinación.
    Saludos.

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