LAWRENCE DURRELL: Reflexiones Sobre Una Venus Marina (1953)

Llegué a Lawrence Durrell por su hermano Gerarld, que siempre quedará como mi primer escritor favorito desde que tuve esa rara habilidad de convertir une elección al azar en la mejor de las selecciones. Así me pasó con Filetes de lenguado. Fue fácil, cuando se tira de humor y de humanista curiosidad. Su trilogía de Corfú acabó por covertirlo en autor de cabecera.

Aquella imagen de un Larry literato y gruñón sostenida y disfrutadísima en esos libros se deshizo nada más entrar en Justine, el primero del Cuarteto de Alejandría, maravillado ante la sensibilidad de un escritor que me contaba con tanta belleza el amor de Darley por la misteriosa Justine.

Y junto a ese inolvidable cuarteto, aquellos relatos del mundo de la diplomacia reunidos en Antrobús, formando parte de un núcleo duro del mejor humor británico para mi gusto.

Los Durrell, pues, conforman una de las bases de mi personal biblioteca, y si bien es verdad que el ataque al Quinteto de Avignon resultó, de momento, algo fallido (al menos con Monsieur o el príncipe de las Tinieblas), desde siempre he guardado el interés por descubrir alguna otra obra suya que vuelva a maravillarme como aquellas.

Por eso leí con sumo interés el artículo que Jacinto Antón le dedicó a su trilogía de las islas este pasado verano, con motivo de su reedición en Edhasa.

Y en ello estamos. Mientras logro reunir la cantidad necesaria para comprar esos tres libros, los busco en la biblioteca pública y solo encuentro Reflexiones sobre una venus marina, que estoy leyendo con el deleite de comprobar cómo todo aquello que más te gusta de un autor vuelve a aparecer en otras obras suyas no descubiertas hasta ahora.

No hay nada como un inglés de formación clásica: Steven Runciman, Robin Lane Fox, Patrick Leigh Fermor… y Lawrence Durrell con ellos. Con él vuelvo a reconocer con intensidad, como algo tan propio -y así me pasó por primera vez con su hermano Gerald- , el entorno del Mediterráneo. ¡Que tenga que venir un inglés a enseñárnoslo!…

El amor por las raíces grecorromanas; aquella curiosidad humanista para pegarse al terreno y entenderlo, y al mismo tiempo el humor para coger distancia, para tomar perspectiva; ese gusto y predisposición al juego que nace de un espíritu libre y no atado a una cultura de la necesidad y el sufrimiento… O el deseo de la sana camaradería, la amistad como divino tesoro, entrevista en la presentación de unos personajes que prometen fascinarte.

Y lo cumplen, desde ese tropiezo literal y metafórico del autor con Gideon, soldado con monóculo y amplia, imprescindible cultura clásica que será quien describa desde el principio lo de la islomanía como una curiosa dolencia de espíritu.

Y Mills, el joven médico de la isla, “cuyo diagnóstico de las enfermedades parecía ser una crítica no del funcionamiento de determinado órgano, sino del hombre todo.” O Hoyle, cónsul aficionado a la linguística, con sus ademanes pausados y preciso intelecto (“como debía detenerse y descansar después de algún pequeño esfuerzo, había desarrollado una visión de las minucias de la vida de la que todos nosotros carecíamos”).

Aparecerán también Egon Huber, el ceramista austríaco; Sand, el director de antiguedades… Y esos “personajes de la ciudad” que conforman el llamado color local, el paisanaje: Mehmet Bey; Manoli, el fabricante de redes que dirá eso tan apropiado -también en estos tiempos nuestros- de que “Vienen a liberarnos de la pobreza. Dios sabe que necesitamos que nos libren de eso. Pero terminarán esclavizándonos con otros males. Y Dios sabe que eso no lo necesitamos.”

Todo eso nos ofrece este Viaje a Rodas, y es de esperar que lo mismo nos aguarda en el resto de esta trilogía que no conocía. Como amante del modo de narrar de Lawrence Durrell, es normal que considere esta reedición como el gran objetivo de este tercio del año.

Allí en el Helena de Rodas nos encontramos una vez más con una de las fantásticas puestas de sol que, desde los tiempos medievales, contribuyeron con tanta justicia a la fama de la isla, según los relatos de los viajeros por el Egeo. Toda la calle de Los Caballeros estaba encendida. Las casas habían comenzado a enroscarse en los bordes, como papel ardiente, y con cada partícula de descenso del sol detrás de la oscura colina que se erguía sobre nosotros, los tonos de rosa y amarillo se cuajaban y corrían de extremo a extremo, de alero en alero, hasta que por un momento los oscuros minaretes de las mezquitas brillaron, ígneos, azules, como la luz que se refleja en una hoja de papel carbón.

2 comentarios to “LAWRENCE DURRELL: Reflexiones Sobre Una Venus Marina (1953)”

  1. andreaporcel Says:

    maravilloso libro, lo hallé “por azar” en un puesto de libros usados…también conocí a Gerald Durrell primero, (“Mi familia y otros animales”) cuando estudiaba inglés.
    Esta tarde terminé la aventura poética de Rodas, con deseos de conocer la isla. Un escritor de mi corazón, Lawrence, siempre conmueve, fascina, enamora.
    Un saludo cordial desde Mar del Plata, Argentina

    • Manolo M. P. Says:

      Ah, sí, Rodas… con la visita a ese castillo/monasterio ortodoxo, o la fiestas campesinas en el campo y en la casa de uno de ellos…

      Como los libros de su hermano, esta trilogía es de las que marcan un verano. Ahora ando detrás del erudito viajero Patrick Leigh Fermor, aprovechando que está siendo reeditado aquí por RBA.

      Saludos agradecidos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: