CARLOS MORLA LYNCH: Informes diplomáticos y diarios de la Guerra Civil (Espuela de Plata, 2010)

Trapiello lo avisaba en su esencial Las Armas y Las Letras, así que con la garantía de saber que asimismo pasó anteriormente con el gran Chaves Nogales, me fui en busca de los diarios del diplomático chileno Carlos Morla Lynch sobre la Guerra Civil.

En la edición de Espuela de Plata están en la Biblioteca Villaespesa, a disposición del lector interesado en el tema. Garantía de que va a vibrar con estos documentos.

De verdad que lo de este diplomático chileno es asombroso: La labor que realizó en la embajada de su país durante los treinta y tres meses que duró la guerra, cuidando de la vida de ingentes refugiados de ambos bandos que, ante su petición de asilo, “por convicción, por lógica, por espíritu de justicia y también de caballerosidad, doy la respuesta que nobleza obliga”.

Inolvidables Memorias por lo que cuenta en ellas -mes a mes a lo largo de aquellos tres años fatídicos- y por cómo lo cuenta. Vibrantes Memorias.

La descripción del aspecto moral y físico de aquella ciudad sitiada, “mártir” (continuamente triturada por los bombardeos), “austera” (soportando el frío que la hiela, sin nada con lo que calentarse), “indómita en su resignación y excelsa hasta lo inhumano”.

Han aparecido colgando en los árboles del retiro cadáveres de “rojos” y por la ciudad apocalíptica circula un coche fantasma, sin luces, que dispara tiros a diestro y siniestro.

¿Más?

Ya no hay ataúdes para enterrar a los muertos. Se ven pasar en las carrozas fúnebres que aún subsisten, cadáveres que nadie acompaña, envueltos en pedazos de trapos, y esta escena sombría, tenebrosa, se repite el día entero de la mañana a la noche.

Aparte de ese espectáculo horrendo que presenta a nuestra vista, entre una nube de humo y polvo que todo lo oscurece, estas memorias nos ofrecen una valiosa información sobre aquellos meses aciagos vividos en Madrid.

Tras hacernos pasar con el corazón en un puño por cada uno de los años de guerra a través de un recuento de  situaciones ignominiosas , privaciones, bombardeos y más bombardeos, cuando la situación ya parece estar tensada al máximo, es entonces cuando leemos, asombrados, en el comienzo de la memoria anual de 1939 eso de que “Estos tres primeros meses han sido los más penosos de cuantos hemos tenido que afrontar durante la revolución española.” ¿Cuánto más queda por sufrir?

Pero es cierto. Entramos entonces en ese “vivimos en un remolino” que expresa la situación de Madrid y de un gobierno largo tiempo huido de ella que nadie sabe dónde para ahora ni lo que hace. Son páginas en las que la típica frase de “los acontecimientos se precipitan” toma forma narrativa.

Nos enteramos de la sublevación de varios regimientos comunistas a favor de Negrín (quien en medio del caos de la derrrota -caída ya Catalunya- sigue obstinado en seguir luchando) y en contra de la Junta de Defensa de Madrid, de la que emergen (aparte del formidable general Miaja, ya conocido por mí gracias a La Defensa de Madrid, de Chaves Nogales) las figuras del Coronel Casado y el ex presidente de Las Cortes, D. Julián Besteiro, preocupados por encontrarle a la guerra una salida pacífica y honrosa que evite más derramamiento inútil de sangre. Morla les rendirá merecido reconocimiento.

Luego, la rendición de Madrid y el fin de la guerra, pero no el fin de las preocupaciones para el bravo y eficaz diplomático: la seguridad del grupo de refugiados que quedan, contrarios a los franquistas. Los de Burgos vienen pisando fuerte, y la indignación alcanza máximos al saber del poco respeto que tienen: la extraterritorialidad respetada durante casi tres años de guerra ahora iba a ser negada.

Ingratitud, indignación, indecoro al no ser recibido por una autoridad militar… “Burdos militariotes, que con su mentalidad mezquina, exenta de toda comprensión, ofenden a España!” Y falta de discreción cuando, a los pocos días de la caída de Madrid, se presenta la familia dueña de la casa donde cuidaron a los asilados, preocupada por los daños materiales: “¡Me sulfuran! Ni una palabra de gratitud por el sacrificio que hemos hecho de salvar a dos mil españoles!”

Imbecilidad, altanería, intransigencia, deseo de venganza… “La atmósfera general no me es simpática. los triunfadores no me dan una impresión de generosidad.” Lo esperado.

Las amargas enseñanzas, ante el comportamiento de muchos de los propios asilados en aquella embajada:

¡Qué pocas veces se encuentra el desinteresado impulso que nace únicamente del amor al prójimo sin fines preconcebidos! La falta de generosidad,la crueldad innata del pobre con el más pobre que él, la aversión, la repugnancia del humilde hacia el más humilde…

Este diplomático sí que llevaba un alma bien puesta. Así despide la memoria correspondiente a 1939. El resumen de su labor:

He permanecido durante los 33 meses de guerra al frente de mi puesto, sin debilidades ni vacilaciones, resuelto a librar de la muerte, me costara lo que me costara, a todos los asilados amparados bajo nuestra bandera.

He soportado, sin que jamás decayera mi ánimo, junto con mi familia, las penalidades, los peligros, las amenazas que han sufrido ellos. He cosechado, hasta ahora, salvo raras excepciones, tan solo ingratitudes.

Pero llevo dentro de mí, con honda satisfacción y airosamente, el premio de mi conciencia.

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