SANTIAGO LORENZO: Los Huerfanitos (Blackie Books, 2012)

Los Huerfanitos es el libro de la temporada, y Santiago Lorenzo uno de esos tíos auténticos (o al menos consecuentes) que nos hacen mantener la fe; leer la conversación con Kiko Amat y darse cuenta de ello fue todo uno:

-Has declarado alguna vez que la pobreza ennoblece.

-Sí. Lo que no ennoblece son las cremas faciales. O la enología. Ahora todo el mundo es columnista de El País, todo el mundo es muy fino. (Afecta voz cursi) “El hotel estaba muy bien, pero los pomos de las puertas eran muy ásperos”. “¿Podría ver la carta de almohadas del hotel?”. Vete a tomar por culo, hombre.”

Esa entrevista consiguió lo que ningún artículo promocional a doble página en el suplemento literario más “in”. Supongo. Bendito boca a boca…
Los Huerfanitos es como si a Valle-Inclán le hubiera dado por crear al Mortadelo. Lo grotesco y lo heroico, el humor y la pena más honda; un pifostio de la hostia (por utilizar esas expresiones que tanto le gustan) contado con una fuerza lírica… también de la hostia.
“Un relato que echa a volar por el figureo lírico”, por seguir usando una de tantas frases suyas subrayadas en agradecido descubrimiento. Es que es de esos libros de empezar y no parar. O hacerlo continuamente por la necesidad de seguir con esa costumbre de darle al lápiz, para no olvidar esos adjetivos tan precisos, esas expresiones reveladoras, esos pasajes inolvidables, esas comparaciones tan bien traídas, leche.
Ya desde que en el capítulo 3 se describe el centro de operaciones que va a ser el teatro Pigalle, y te mete en él (“El fortísimo olor a polvo, que es antes táctil o gustativo que olfativo” y que se confundía ahí “con el olor a padre”), y ya hasta el final, hasta el fin de fiesta.
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Otras presentaciones inolvidables van a ser la de la Brigada Guajardo, ese grupo de jubilados que nos enseñarán a despreciar los desprecios y algo de la dignidad del buen artesano ( “Yo no sé si es que soy tonto, pero siento un gran respeto por el trabajo ajeno”, dice el autor en esta entrevista, y queda así tan bien retratado) y la de los Evocaciones, el grupo de alcohólicos en rehabilitación que harán de actores:
La actriz Manoli capitaneaba el rito. Era una minúscula mujer de treinta y cinco años, con una tripa que parecía traspapelada en un cuerpo tan menudo. Proponía la alabanza mariana con su timbre agudo. El efecto era sobrecogedor cuando el resto de alcohólicos de incógnito daba el responso, con sus voces destrozadas en las batallas de mil botellas.
Lo que consigue Santiago Lorenzo con este libro es ganarte para siempre. Ahora a por su novela anterior, y a ver sus películas y sus cortos y… En fin, a tratar de sacar de tu propia vida algo, lo que sea. Pero que sea verdadero, auténtico.
Porque menudo Susmozas que estoy hecho yo también.

 

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