MANUEL CHAVES NOGALES: A Sangre y Fuego (II)

Hay en los nueve relatos que componen A Sangre y Fuego una verdad lo suficientemente auténtica como para iluminarnos en la comprensión de aquella funesta -así son todas- Guerra Civil. La descarga emocional que deja en el lector la narración de aquellos acontecimientos es de aúpa.

Con ellos nos enfrentamos al envilecimiento de la gente en un conflicto armado a través de la lúcida mirada de Chaves Nogales, tan humana, tan alejada de un clímax extremista que lo barría todo. ¡Qué mérito el suyo! Un hombre de excepción, “perfectamente fusilable” por cualquiera de los dos bandos.

¡Massacre, massacre!

La emoción que deja la lectura del primero de ellos, “¡Massacre, massacre!”, hace que pensemos que seguramente sea el mejor de todos. Hasta que leemos el siguiente.

Pompas de jabón que te descuajan las entrañas, sí… Ya desde su inicio el autor propone su personal tono, producto de su aliento humano: una dramatismo contenido y por ello más efectivo, y una sensibilidad para mostrar la barbarie sin desdeñar la poesía. Ni tampoco las notas de humor, sorprendentes y agradecidas.

Nos habla de La Escuadrilla de la Venganza, compuesta por un grupo de milicianos que quieren hacer un escarmiento terrible como represalia a los bombardeos de la aviación fascista sobre Madrid. Cazan a un viejo comandante “por si fuese de la Quinta Columna” (“La frase más cara que se ha dicho en España”), y ya tiene su cosa que sea en el momento de su fusilamiento cuando el autor nos muestre uno de esos golpes humorísticos que lo engrandecen a nuestros ojos. Es aquel cuando el acusado va ordenando convenientemente su propio fusilamiento a unos desconcertados milicianos cuyas torpes balas, encima, le pasan rozando la cabeza sin herirle:

Dobló las rodillas y cayó a tierra. Aún tuvo coraje para erguir el busto indemne y gritar, golpeándose furiosamente el pecho: ¡Aquí! ¡Aquí! ¡En el corazón! ¡Canallas!

La gesta de los caballistas

¡Ah, los señoritos andaluces!… Un marqués que organiza una partida familiar para limpiar de rojos la campiña,y un comentario suyo para retratar perfectamente cierta idiosincrasia:

El pueblo -replicó el marqués- siempre es cobarde y cruel. Se le da el pie y se toma la mano. Pero se le pega fuerte y se humilla. Desde que el mundo es mundo los pueblos se han gobernado así, con el palo. De esto es de lo que no han querido enterarse esos idiotas de la República.

(Salvo ese “idiotas”, un eufemismo que no pega para nada en este tipo de discursos en los que invariablemente siempre se tira más de exquisiteces del tipo “hijoputas” para arriba.)

En este relato Chaves Nogales recoge el clásico tema de toda contienda fratricida: la separación y coincidencia, en bandos contrarios, de dos viejos amigos.

Ofrece también poderosas imágenes de la batalla cuerpo a cuerpo y de encerronas, como la toma del pueblo de Manzanar cuando, reunidos en la plaza los rebeldes, empieza a lloverles plomo desde todas las ventanas.

“Lloverles plomo”, “Fuego graneado” (expresión que usaba mucho mi abuelo)… Un sustantivo (la “canalla”), un adjetivo (“bizarro”), y un verbo (“descerrajar”, descerrajarle cuatro tiros) para reflejar algunas de las palabras y expresiones preferidas por el autor.

Y a lo lejos, una lucecita

La calle era una sima honda, larga y negra. Una hendedura en la corteza de un astro muerto. Por su fondo se arrastraba, como único indicio de vida, un gusanito de luz, un auto, que con los haces luminosos de sus faros barría los zócalos de las altas fachadas.

Otro comienzo poderoso en imágenes que evoca secuencias de cine expresionista y neorrealista. Nos encontramos con un Madrid nocturno en el que cualquier gesto es sospechoso y puede conducir a la paranoia fatal.

Los milicianos Pedro y Jiménez son los protagonistas de esta aventura consistente en desbaratar la red de espionaje que, persiguiendo a los traidores que hacen señales luminosas, les llevará del centro de la capital al mismo frente. A la fatal boca del lobo.

Con los ojos clavados en la lejanía, donde de tiempo en tiempo -ilusión o realidad- brillaba una lucecita.

La columna de hierro

Ese “Three cheers for mister Azaña!” con el que el inglés borracho corta el dramático silencio hecho por la banda de intrusos que irrumpe en la sala es otro de esos memorables momentos para el recuerdo.

El tema tratado es el del bandidaje de aquellas columnas de desertores del frente que asolaban al país. Mi abuela recuerdo que hablaba de una de ellas que estuvo en el pueblo; entonces mi ignorante visión del conflicto envolvía de romántico ideal todo aquello, unido al hecho de la existencia musical de The Durruti Column -que también contaba a favor de esa desfiguración, si bien siempre fui más fan del concepto formal artístico del señor Reilly que de su corpus, las canciones-. Una pena que no recuerde el nombre de aquella columna, y que mi abuela se ahorrara relatarme los seguro que terribles sucesos asociados a aquellos tiempos, por no asustar al nieto y quitarle la ingenuidad.

Estos relatos te abren los ojos, ya lo creo. En éste podemos encontrar uno de esos párrafos que reflejan perfectamente la posición del autor y el impulso ético que la sostiene:

Pronto los senderos de la huerta empezaron a poblarse de campesinos que, arrebujados en sus mantas y con su retaco bajo el brazo, acudían solícitos a defender su república, aquella república ideal con la que habían soñado de padres a hijos y que ahora querían arrebatarles de entre las manos por uno y otro lado. La vieja fe democrática tenía aún sus defensores.

El tesoro de Briesca

Los guerreros marroquíes

Bigornia

Y es que Manuel Chaves Nogales transmite su íntima simpatía por los personajes del pueblo, ajenos al sectarismo ideológico homicida. En “El Tesoro de Briesca” nos presenta al joven artista enfrentado “al instinto rapaz de la muchedumbre desenfrenada”, a “aquellos hombres sin más ley que su capricho ni más coacción que la de su confusa conciencia.”

Arnal tiró la pistola sintiendo el asco y la verguenza de vivir y de ser hombre.

Y más comentarios de los que aprender verdades:

Los verdaderos militares, los que lo eran de corazón y sabían a conciencia su oficio, estaban todos al lado de Franco. El improvisado ejército del pueblo no tenía ni jefes ni oficiales. Los pocos que por azar se quedaron al lado del gobierno de la República fueron desertando o sucumbieron en el empeño insensato de convertir en soldados a unos hombres que precisamente se alzaban en armas contra todo lo que fuese espíritu militar.

Se trata de un párrafo ejemplar, pues resume el juicio clarificador de este periodista con ojo avizor y clínico, analítico y contundente, para descifrar los grupos humanos que integraban los dos bandos, él que fue modelo de aquel otro bando de los creyentes en la democracia, con el mérito de serlo de manera activista, solidario con los que sufren los extremismos de la sinrazón.

Se repite por los nueve relatos esa explicación de una lucha desigual debido a esa diferencia entre un bando con toda la parafernalia militar, perfectamente organizado y jerarquizado, con una obediencia ciega por la defensa de unos intereses de clase poderosa de los que no quieren ser desposeídos, y otro, desorganizado defensor de un gobierno legítimo, dejado a la suerte de unos luchadores incorregibles, rebeldes de por sí ante el ordeno y mando.

Hay en “Los Guerreros Marroquíes”, tan temidos por la población civil, otro querer mostrar a ciertos protagonistas de aquella guerra que, sin embargo, escapaban al generalizado fervor ideológico. En este caso nos encontramos con la personificación del buen guerrero en la figura de aquellos bereberes leales como buenos musulmanes a los pactos de amistad hechos con los militares sublevados. El protagonista es un caíd (especie de gobernador de su pueblo) que cae prisionero tras la firme resistencia de los milicianos ante el asalto de los moros a Madrid.

Esa especie de ética militar del honor queda bien expuesta, allí en la camioneta que lleva a los prisioneros a su fusilamiento, con el agradecimiento del caíd a uno de los milicianos que lo había defendido del intento de agresión por decir que no era rojo, sino moro.

-Yo sabe; yo sabe -decía el caíd oprimiendo suavemente con su mano larga y huesuda la del miliciano-. Moro sabe que tú estar conmigo aunque mates. Moro también mataría. Estar cosa de guerra y de hombres. ¡Alá es grande!

Pero es en “Bigornia” donde mejor se nota esa íntima simpatía del autor por algunos personajes. Bigornia es el nombre de un herrero anarquista del extrarradio madrileño, “un ogro jovial y arrabalero” que ejemplifica un sentido humanístico del vivir y el trabajar.

Ese buen sentido de hombre en estado de naturaleza que le permitía a veces alumbrar con sus luces naturales la confusión de los ingenieros.

De Chaves Nogales se dice que representa los hechos con una cadencia cinematográfica, y en el protagonista de este relato uno encuentra al superhéroe en plena, trepidante acción. O mejor, al fortachón que hace de contrapunto del héroe justo y guapo y que termina cayéndonos más simpático por ser más humano. Este es el relato que, sin rebajar la tensión lo más mínimo, nos eleva con Bigornia y su vitalismo nietzscheano por encima de las miserias materiales y espirituales.

Ese insensato y furibundo ataque enfundado en un viejo tanque republicano es antológico:

Iban petardeando el campo con los escapes de sus motores y haciendo retemblar la tierra con el estrépito de su herrumbroso mecanismo.

¿Cómo no acordarse de los Aspirino y Colodion de Alfons Figueras? ¿De El Regreso de Don Quijote, de Chesterton?

Le llamaban Bigornia, y era un ogro jovial y arrabalero que balanceaba su corpachón envuelto en tela azul desteñida…

Este es de esos cuentos que te los encuentras en la adolescencia y te marcan, ya lo creo.

¡Viva la muerte!

Un relato que nos lleva a los primeros momentos de la guerra, y que al principio, con la acción situada en ese hotel de la sierra, con la servidumbre sindicada  a cargo de una clientela reaccionaria, a poco está de hacernos pensar en Agatha Christie y hasta en Wodehouse, si no fuera porque el clima oneroso acecha, y la tragedia -muy poco elegante en esta guerra civil- está a punto de estallar. No, no estaba la cosa para elegantes amabilidades.

Y es que el fervor revolucionario, liberado, pronto se dará de bruces con la horrible realidad de la guerra. Tema también muy expuesto por Chaves Nogales.

Nos ofrece unas pinceladas del típico nacionalismo español con complejo de inferioridad y un buen ejemplo de tergiversación de los hechos en favor de la verdad histórica impuesta a costa de la verdad verdadera. Pero lo inolvidable, por impactante, es el llanto final de Rosario, una de las sirvientas. Esa muchacha “con el terror pintado en los ojos” en cuanto ve los desastres de la guerra, no delata por compasión a uno de los huéspedes, el señor Tirón, permitiendo que escape.

Y se echó a llorar como una chiquilla

Más adelante aquellas sirvientas serán apresadas y condenadas a muerte, algo que quizás podría haber evitado ese señor Tirón que ahora ocupa un importante cargo en la Falange. Pero no va a atreverse, sólo preguntará por la suerte de aquellas muchachas a un falangista, que le cuenta acerca de una de ellas, la que más le ha impresionado:

No protestó, no chilló, no hubo que sostenerla ni levantó el puño, pero ¡cómo lloraba! ¡Cómo lloraba! Lloraba como una chiquilla.

Consejo obrero

El último relato tiene en su protagonista, Daniel, a una de esas víctimas por no simpatizar con la revolución.  Termina con unas palabras que seguro escribió pensando también en sí mismo:

Y murió batiéndose por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese.

La fiebre lectora por este periodista de raza comprometido con su tiempo, por este gran escritor poseedor de una tensión narrativa resuelta con belleza y con un humorismo enriquecedor que eleva su valentía y altura humanística ha llegado hasta esta habitación.

Sí, me da que éste fue uno de esos hombres hechos a sí mismos, aun forzados por las circunstancias. No sé por qué, ese detalle leído no sé dónde de que, a pesar de ser sevillano, no tenía deje en su habla me dice bastante al respecto.

Y muy posiblemente -sería lo lógico-, esta filóloga llamada María Isabel Cintas Guillén que se marcó una clase magistral, un tanto histórico con la recuperación de la obra de este autor, debe de mantener por él una obsesión de fan muy útil para el logro de sus objetivos. Bien contenta puede estar.

Y todos nosotros bien agradecidos, pues el comienzo lo tenemos en la Obra Narrativa Completa que gracias a María Isabel fue editada en 1993 por la diputación de Sevilla.

Ahora nos queda acudir al resto de sus libros, así que seguiremos tirando de Libros del Asteroide para devorar, seguro que con igual rapidez y satisfacción, ese El Maestro Juan Martínez Que Estaba Allí. Cómo promete.

Un buen complemento a estos relatos es La Defensa de Madrid, otro impecable trabajo de rastreo de Maribel Cintas magníficamente editado por Editorial Renacimiento: cubierta en tapa dura e ilustración de cartel de época muy, muy apropiado. En el interior acompañan las ilustraciones de Jesús Helguera que aparecían con cada capítulo originariamente en una revista de México.

¿He dicho con rapidez y satisfacción? Ya me lo he leído, y en él -al igual que en A Sangre Fuego– vuelvo a experimentar la sensación de espanto que trae la guerra (especialmente sobre una población sitiada), cuando se sabe transmitir por escrito sin necesidad de aspavientos e histrionismo, sino con claridad; con el grado de serenidad necesario para dejar que la tensión fluya, al igual que me ocurrió con el ataque otomano a la Constantinopla de 1453, narrado por Sir Steve Runciman.

De menos peso literario que los relatos de A Sangre y Fuego, sirve también para hacerse una idea de aquellos sucesos y conocer al héroe de la defensa de Madrid, el general Miaja. Su importancia, el hecho de que el Chaves Nogales haga con el casi un ejercicio hagiográfico, queda bien expresada en el comentario que Jesús Ruiz Mantilla hizo en su reseña en El País: “El tramo infinito que suele existir entre los despachos de los mandos militares y las trincheras es algo que tan solo está en las botas de unos pocos elegidos.”

Un complemento más, en forma de ayuda visual: las fotos de la Cárcel Modelo y Plaza de La Moncloa para acompañar a la narración de los hechos. Gran trabajo el de este semanario, Sol y Moscas.

Y un apunte final: ¿es verdad que hay un décimo relato que fue editado en inglés con el título de “The Refuge”?

______

Gracias a El almirante ruina por la foto nocturna

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