Un euro por el alma rusa

Mañana de domingo por el paseo marítimo de Almería. En uno de esos puestos de mercadillo se deshacían de unos libros, a euro por ejemplar. Cuando vi el de Tolstoi -un volumen con los relatos La Muerte de Ivan Ilich, El Diablo y El Padre Sergio– no me lo pensé.

Por un euro, una introducción al universo de Tolstoi, y encima  en aquella edición de la biblioteca básica Salvat de RTVE de finales de los sesenta, de la que tengo buenos recuerdos gracias a La Isla Del Tesoro, uno de esos clásicos leídos “en su momento clásico”, con doce o trece años.

Hasta ahora no había leído nada del gigante ruso, o sea que por aquí uno que todavía no ha leído Guerra y Paz.

Así que tan viejo y tan virgen, ¿eh? Bueno, supongo que mucho tiempo perdido por culpa de esa idea paralizante que considera que poseer una buena edición es el primer paso… O lo del momento: que si en vacaciones sería la época más apropiada para entrar en guerra con ella… ese tipo de tonterías. Pero sobre todo por culpa de una mala selección de lecturas: golosinas de novedades dejadas al poco de ser empezadas.

No hay excusas, bien sea por buena edición disponible en las librerías (todo parece indicar la de Mario Muchnik) o por cercanía: los dos tomos en rojo en casa de mi cuñado Mateo, posiblemente una edición de principios de los ochenta. ¿Por qué no atreverme de una vez con ella? Por tratarse de un clásico, segurísimo que aguanta el traspaso a cualquier idioma, atravesando cualquier frontera cultural. Por algo que me perdiera, recibiría con creces una recompensa en placer estético superior a cualquier otra obra literaria. Me lo creo.

Pero si nunca es demasiado pronto para los clásicos, tampoco es demasiado tarde. De momento este volumen amarillento con esos tres relatos de Tolstoi ya ha rendido lo suficiente como para dejar constancia aquí de su lectura, lo que significa que deja su marca en una temporada no demasiado sustanciosa de libros memorables.

Tenemos primeramente La Muerte de Iván Ilich, que no es sino la historia de su vida, como dijo Nabokov. No ha sido mala puerta por la que entrar a la mística de Tolstoi, quien en este relato nos deja un impresionante examen de conciencia por parte del protagonista, que revisa las etapas de su vida ante la proximidad de su muerte. La carrera burocrática de Iván, el éxito social buscado y esperado en una vida burguesa que deviene vacía en su momento definitivo… Un análisis psicológico para un retrato sociológico de la burguesía de su época.

El siguiente relato es El Diablo, que me resultó el menos profundo de los tres; más “folletinesco”, teniendo en cuenta que ahora nos las habemos con un joven hacendado, trabajador, con algunos remilgos de conciencia, que se busca una campesina para satisfacer sus puntuales necesidades sexuales. Con la historia de Yevgueni y su pasión por Stepanida, Tolstoi nos habla de la conciencia de clase, las ataduras sociales, la doble moral. ¿Y quién es El Diablo, la joven campesina o esa pasión irrefenable de la que es víctima Yevgueni? Víctima, lo que se dice víctima, va a ser la alegre y sencilla Stepanida, que tan bien había asumido su papel en esta vida.

Finalmente, El Padre Sergio, relato que entronca con el primero por su carga de profundidad, con el escenario del mundo eclesiástico. Inolvidables los momentos de tentación por los que pasa su protagonista. Gracias a relatos así bien puede decirse que los personajes de Tolstoi parecen reales, como señala el crítico Ch. Corbet: “Sus personajes no nos producen la impresión de ser construcciones ficticias de un espíritu bien dotado, sino de haber sido engendrados del mismo modo que los seres reales”.

Tres relatos del alma rusa, como también suele decirse, en los que Tolstoi deja expuesto tanto su idealismo (ante una prolongación que parecía eterna de la Edad Media en la historia de Rusia) como las pasiones con las que, leyendo algunas notas sobre su biografía, se las tuvo bien tiesas. Lucha entre pasión y deber, tormento interior, o esa frase que lo expresa así: “El ser humano está hecho de espíritu y materia. Pero éstas no están en reposo, sino trenzadas en una lucha a muerte.”

Uno se queda con la fuerza que desprenden los protagonistas principales de estos relatos -sobre todo los de Iván y Sergio- y con la enseñanza de verdad que pudieron sacar de aquellos secundarios a los que se contraponen: el sirviente Guerásim en el primero (“Al mirar la cara bondadosa y somnolienta de su sirviente Guerásim”), la joven campesina Stepanida en el segundo (“le abrazó con su sonriente mirada”) y la abnegada Páshenka en el tercero, que creo es mi favorito, con esa emocionante parte final en la que el eremita llega en peregrinación hasta dar con ella, y con ella el sentido por fin de su vida:

Páshenka es precisamente lo que yo debí ser y no he sido. Viví para los hombres con el pretexto de vivir para Dios, y ella vive para Dios imaginándose que vive para los hombres. Sí, una buena palabra, un vaso de agua ofrecido sin pensar en la recompensa, valen más que todo cuanto yo hice en bien de la gente.

Y entiendo que en esto reside buena parte del genio de Tolstoi: sentimos que hay más vida entre sus páginas que cuando las cerramos y salimos a la calle. Acabé con ese último relato y algún tipo de enseñanza pareció darme que iba más allá de la convicción de terminar cenando esa noche solo una manzana.

Tuve pues que pagar un euro para que, por fin, alguien como Tolstoi me revelara su alma.

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