Chéjov Comentado

El dueño de la casa me ofreció un poco de té. Mientras tomaba asiento dirigí la mirada hacia el rostro de la muchacha que sostenía el vaso en mi dirección, y de pronto me sentí como si una brisa fresca hubiera inundado mi alma, llevándose a su paso todas las impresiones del día, toda su pesadez, todo el polvo de la carretera.

El libro más memorable de los últimos tiempos lleva por título Chéjov Comentado: dieciséis de sus cuentos comentados por otros tantos escritores actuales. Una antología especial tanto por contenido como por continente, editada en 2010 por Nevsky Prospects.

Edición primorosa a cargo de Sergi Bellver, toda ella refleja el cariño imperecedero que se le coge a Chéjov ya desde que por primera vez uno lee alguno de sus cuentos, porque enseguida nos damos cuenta de su definitiva manera de mostrar con esa delicadeza tan especial la profundidad de la condición humana.

Aquí dejo apuntadas unas frases subrayadas del gran prólogo que se marca Bellver, que tan bien reflejan el tesoro del arte del gran, querido Chéjov:

Enfrento este prólogo con un afán parecido al de Chéjov en sus relatos: abordando el detalle, explorando el silencio, callando ciertas cosas para que lo esencial sea dicho, dando un aparente rodeo para tomar distancia, concentrándome en el aire y la luz y no, de momento, en el objetivo.

(…)

Chéjov coloca un espejo incómodo ante el lector y le cede la última palabra.

La aparente intrascendencia y el tono liviano de sus relatos, donde no hay grandes héroes ni aventuras exóticas, sino personajes comunes, deja en el aire el polvo de un derrumbe.

Una de las mayores ambiciones del autor: la redención o, cuando menos, la comprensión del ser humano.

En los cuentos de Chéjov no hay cabida para los vestidores novelescos y el aparatoso ajuar de época, sino arrugas y vuelos de una tela ligera en el aire de la tarde, celosías de sombra y luz sobre el tejido, rumor de prendas caídas por descuido.

La dualidad de sus personajes, el contraste entre ellos para resaltar el conflicto de fondo, la omisión y la elipsis, el peso del silencio, la temperatura de los ambientes humanos…

Chéjov escribía para que no dejáramos nuestros deseos en el desván de las ilusiones o en el sótano de la apatía, para que transformáramos nuestra realidad más cercana, para que el cambio se operara poco a poco, en el aire cotidiano de la casa, pero de manera irreversible.

Ya con el primero de los cuentos escogidos, Las Bellas –al que pertenece el párrafo para dar comienzo a esta entrada- uno sabe que sostiene un libro de calado. Impresión experimentada ya desde que comprobamos el cuidado de la edición: de la portada a la entrada de cada cuento, con esa hoja de separación en rojo, sobre el que tan bien combinan el blanco y el negro.

De la lista, algunos conocidos que están entre los favoritos, como Tristeza o El Violín de Rothschild, y otros descubiertos aquí por mí con gozo, como El Amanuense.

No todos pertenecen a su época de madurez: hay un par de ellos correspondientes a sus primeros años, cuando firmaba como Antosha Chejonté. Todos ofrecen alguna gran lección; de todos ellos se sacan admirables explicaciones.

Así, Eloy Tizón sobre Casa Con Mezzanina:

Chéjov en estado puro: un alma soñadora, roída por el spleen y la ruina, el runrún de la conciencia, la soledad, el aburrimiento rural, el tiempo inabarcable…

Marta Rebón nos recuerda a propósito de El Violín de Rothschild cómo Chéjov nos muestra el pathos de la vida rusa en el que suele aparecer un lado tragicómico.

Ricardo Menéndez Salmón comenta Enemigos:

Lo que como lectores nos subyuga es el talento de Chéjov para destilar, del limo grosero de la existencia, la gota de oro puro del suceso. la palabra exacta, quizá, no sea otra que equilibrio.

Hipólito G. Navarro, con motivo de Ostras:

Lastima intensamente al lector, como sin pretenderlo. ¿Por qué me fascina tanto este cuento?

Maxim Gorki lo explica muy bien: “Nadie ha comprendido tan clara y sutilmente como Antón Chéjov la tragedia de las pequeñeces de la vida, nadie hasta él ha sabido dibujar a los hombres con tan implacable veracidad, en el cuadro vergonzoso y desalentador de su vida, en el opaco caos de su mezquindad de cada día.”

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