Ciclo Beatles y literatura

Adolfo Iglesias es uno de esos tipos capaces de contagiar la pasión que les mueve. Responsable, gracias a su asociación John Lennon Almería Forever, de poner a Almería en el mapa beatlemano mundial, por lo que creo que ya se va mereciendo calle propia. Yo votaría – a pesar de su imposibilidad- por esa que se toca con la de los Beatles, allí por encima del auditorio, y que lleva por nombre de David Bisbal. Ya sé que se trata de distintas consideraciones ante diferentes méritos, en fin.

Ahora que lo tengo como compañero laboral -aunque a media jornada- trataré de estar más al tanto de todo lo que se cuece en el ámbito cultural de la capital, y que uno se ha ido perdiendo durante todos estos años. Aún recuerdo cuando me repensaba lo de pagar la cuota para hacerme socio de la Asociación. Lo fui dejando, lo fui dejando…

Este año sí he podido asistir a estas jornadas Beatles que, con la ayuda de la Biblioteca Villaespesa, han vuelto a recordar a este fenómeno cultural del siglo XX. Como siempre, bien agarrados a esa visita de Lennon en 1967.

Bien que trata Adolfo de que no se le escape un detalle concerniente a todo lo que tenga que ver con la conexión Beatles-Almería; nota al margen en cualquier aficionado de este mundo, pero capítulo central para los que, como él, tratan de hacer de su tierra un sitio merecedor de hacerse notar y sacar la cabeza con algo de orgullo. Ciudadanos ejemplares estos, sí señor, y la labor de amor de Adolfo como ideal a seguir.

Él abrió los actos con la charla que ofreció en la Villaespesa acerca de Los Fabulosos, con la que quiso recordar  a los personajes ficticios en las canciones de los Beatles (esos hombres de ninguna parte y locos de la colina, junto a Eleanor Rigby o Rocky Racoon), pero también los reales alrededor de ellos (la madre de Lennon, la novia de McCartney) y, sobre todo, el hecho de los propios Beatles convertidos en personajes, y conscientes de ello, como corresponde a la inevitable consecuencia de haber creado uno de los universos propios más enriquecedores para cualquier disciplina artística.

Adolfo alternó sus reflexiones (me gustó eso de que Lennon es más de fogonazos poéticos, y McCartney más de reveladora prosa) con muestras sonoras para ilustrar, redondeándolo todo con su habitual dispendio (aquí nunca excesivo ni innecesario) de anécdotas beatlemanas almerienses. Entre las mejores, la historia de ese profesor de inglés, Juan Carrión, reverenciado culpable – con su costumbre de enseñar utilizando las canciones de los Beatles-, de que aparecieran por primera vez en la historia las letras en el encarte de un disco de los Beatles. Así pasó porque John Lennon cumplió su palabra, tras su encuentro con él durante el rodaje de Cómo Gané La Guerra; y así fue como el Sgt. Peppers trajo aquella novedad. Adolfo apostaría su corbata del Revolver  a que, de haberse celebrado ese encuentro con Paul, a buen seguro que el reverenciado profesor habría sido convertido, por mor de su evocativa prosa, en personaje central del disco. La historia nos la volveríamos a encontrar pocos días después, con motivo de la visita a la finca Santa Isabel.

Tras la charla, se proyectó en la sala esa película de Richard Lester que fue la culpable de la estancia de Lennon en Almería entre septiembre y noviembre del 67. No me quedé a verla.

Eso fue el miércoles día cinco. El viernes tuvo como protagonista a Mario Cuenca, antologista de un libro de relatos que tienen en Los Beatles bien su causa emocional,  bien el motivo para el siempre estimulante juego de la obra apócrifa. Con él celebra, como señaló, la unión de dos grandes excentricidades: los Beatles y la literatura.

Se titula 22 Escarabajos, y está editado por Páginas de Espuma. Lo tenía, pero no lo llevé en busca de dedicatoria porque a veces me tomo con desdén este tipo de cosas. Ya mereció la pena saludarlo en persona, agradeciéndole la interesante presentación que ofreció, en la que habló de la ruptura entre la llamada baja y alta cultura que el fenómeno Beatle trajo, y en general del universo de Los Beatles como toda una mitología, coincidiendo con la charla anterior en la relevancia de los personajes creados.

Mario también ilustró con fragmentos de canciones e interesantes valoraciones personales, con alguna recomendación didáctica acerca de esos personajes, posibles protagonistas de nuevas historias si despiertan la creatividad de los alumnos.

La mañana del sábado estuvo dedicada a un “paseo por la mente y los lugares de John Lennon“, como creo que se llamaba la actividad. Los interesados quedamos en la plaza donde se encuentra la estatua de Lennon que reproduce el físico que llevaba en esa época, con motivo de la película, y esa manera suya de sentarse con los pies cruzados para tocar la guitarra.

La actividad tuvo en Adolfo al amable guía, conocedor de las historias de cada sitio en el que nos parábamos porque él  mismo las ha ido sacando en todo este tiempo: Hotel Costasol (donde se ubicó en principio al equipo de rodaje); el Gran Hotel (por entonces no existía, pero que en el 71 fue el sitio donde Ringo celebró su cumpleaños); desde ahí en autobús por el Zapillo, con paseo por la calle Gibraltar Español hasta el cercano hostal El Delfín Verde (siguiente asentamiento de Lennon), y tras la charla en pleno paseo marítimo -a la que se unieron temporalmente algunos paseantes y ciclistas-, visita final a la finca Santa Isabel, lugar definitivo de Lennon and company, y motivo de inspiración -con ese impresionante jardín que tuvo en sus buenos tiempos- para terminar de componer “Strawberry Fields forever”. Adolfo se empeñó en apoyar la versión acerca de las impresiones de tan ilustres alquilados que sostiene que vieron el lugar como una casa encantada. Actualmente el sitio alberga el Museo del Cine de Almería.

El paseo contó además con la ayuda de Dave, músico encarnado en John Lennon para la ocasión. Su buen hacer, con soltura a la guitarra y simpatía en los comentarios, hizo aún más familiar la excursión. Forma parte de la banda llamada The Real Me; a ver si me la encuentro alguna vez en algún sitio.

Ahí podía haber terminado la cosa, pero quise acercarme al cine Cervantes para ver la película Nowhere Boy, que Adolfo había recomendado porque refleja la situación familiar del joven Lennon, antes de hacerse famoso.

Menuda decepción… Será que, como veo tan pocas películas, no estoy acostumbrado. No puedo con los lugares comunes, los gestos típicos, el tratamiento superficial, el cine como producto con sabor a palomitas… No lo soporto, y me da igual que sean los prejuicios los que manden (¡asco de voces dobladas, con ese estilo de entonar ad nauseam!). Desde el primer momento me di cuenta de que no me encontraba con algo de interés para el aficionado, como me esperaba. ¿Qué manera es esa de resolver una larga ausencia entre hijo y madre mediante un alegre paseo de feria por Blackpool ¿y eso de que sea la madre la que le abra los ojos al mundo musical, haciéndolo de manera transgresora?

Estuve todo el rato esperando el encuentro entre John y Paul, y luego el de George, y… ¡bah! se nota que lo importante no era nada de esto. Tan solo el abrazo sentido entre John y Paul con motivo de la muerte de sus madres consiguió mantener la atención de este aficionado. Y no soy ningún talibán beatlemano.

Me imagino la historia de un verdadero chico de ninguna parte en manos de alguno de los directores del free cinema británico de, precisamente, aquellos años de formación de nuestro joven airado y… bueno: alguna entraña se habría removido.

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