Rose MACAULAY: Las Torres De Trebisonda (1956)

Uno siente envidia de esa tradición anglosajona de escritores viajeros bien formados en cultura clásica. Quizás debería estar leyendo ahora mismo algo de Patrick Leigh Fermor (otro de tantos nombres pendientes), pero este libro de Rose Macaulay también consigue hacer prender algo de la vieja y buena pasión griega, y el gusto por viajar en busca de pasadas civilizaciones, con la añoranza de un antiguo esplendor imposible de revivir.

Las Torres De Trebisonda cuenta las peripecias de un estrambótico grupo de viajeros, camello incluido, por Oriente Medio; especialmente por una sorprendentemente frondosa Turquía (parece que al menos el norte de la península de Anatolia es así), y resulta en buena parte autobiográfica.

La narradora, Laurie, nos presentará las cuestiones que definieron la vida de la autora: de familia religiosa, terminó por autodefinirse como “anglo-agnóstica”, y al parecer tuvo que lidiar con el hecho de haberse enamorado de un cura anglicano, padre de tres hijos, con el que convivió; o bien lo había hecho con alguien casado, lo que la habría alejado de la religión, que luego recuperó gracias al cura. Con razón la novela refleja su preocupación acerca de la religión y del amor, mostrándonos a una Laurie consciente de su pecado pero dispuesta a conllevarlo.

El motivo de la aventura es el ingenuo intento de convertir al anglicismo a las gentes de Turquía, especialmente a las mujeres. Enseguida observaremos, aliviados, que la autora toma tan alocada pretensión como una oportunidad para ofrecer enriquecedoras notas de viaje, a base descripciones y comentarios, salteados con disgresiones. Nos deja una cierta crítica al típico punto de vista etnocentrista anglosajón, pero particularmente al ciego fervor extremista de querer imponer la religión, sea cual sea.

Por momentos la novela parece un alocado diccionario de ramas religiosas: anglicismo misionero; adventistas del Séptimo Día; “comandos católicos”; “tropas de asalto portestante”; los misioneros en motocicleta del norteamericano Billy Grahame; el camello de la tía Dot, que era musulmán no converso; y hasta un mono, Solimán, que Laurie se empeñará en domesticar al final, ya en Londres, consiguiendo uno de los pasajes más divertidos de la novela:

Le enseñé un poco de religión (anglicana). Se comportó bastante bien, sentándose, arrodillándose y poniéndose de pie cuando yo lo hacía, y durante la misa despertó un gran interés en la congregación y en el coro, aunque el vicario dijo que a él no le gustaba, pues creía que distraía a la gente, y que en realidad no era nada reverente. Es cierto que le gustaba ser el centro de atención, pues era vanidoso y exhibicionista, pero quizás entendía algo del lugar en le que estaba, ¿no? Lo cierto es que me gustaba ver como se arrodillaba en el momento exacto del credo, sin que yo tuviera que empujarlo, solo con ver que los demás lo hacían. Cuando la congregación hizo los responsos y se unió al servicio, él se unió también, murmurando suavemente. Le enseñé a hacer genuflexiones como las que hacía yo al volver a nuestro sitio. Pronto vi que él también se persignaba, y no estaba segura de que fuese bueno que lo hiciera, pues pues parecía estar yendo demasiado lejos; pero a él le gustaba y lo hacía una y otra vez, aun cuando nadie más estuviera haciéndolo, y así daba rienda suelta, como siempre, a su tendencia al exceso y el exhibicionismo. Al vicario y a los sacristanes aquello no les gustó mucho. Era sin duda un devoto anglocatólico, aunque imaginé que también podía tener algo de angloagnóstico. Durante el sermón se quedó dormido, roncando un poco, pues era algo anticuado y tal vez incluso un poco anticlerical…

Ese es el toque excéntrico que Rose Macaulay le pega a la religión, dando una lección ante posibles excesos fanáticos. Muy atrayente ese heterodoxo proselitismo anglicano. 

La primera frase de la novela ya lo deja claro, resumiéndo bien su trama y el tono empleado:  

-Coge mi camello, querida -dijo mi tía Dot, apeándose del animal a su vuelta de misa.

Bueno, pues ahí tenemos al padre Chantry-Pigg, verdadero talibán del anglicanismo, o la excéntrica tía Dot, quien en el fondo quizás sea más amante de la aventura que de expandir por el mundo la fe anglicana, aunque ella sea la que organice el viaje, muy convencida. El par de dos aprovecharán la frontera con Armenia para colarse en la URSS y comenzar a covertir a los ateos. dados por desaparecidos, tomados por espías, regresarán tras unos cuantos meses, como si nada: “La tía Dot siempre salía de los líos en los que se metía, incluidos los harenes de los caníbales africanos.”

A ellos se une Laurie, en calidad de ilustradora del libro que sobre Turquía quiere hacer su tía.

Después nos iremos encontrando con personajes secundarios como la pareja formada por David y Charles (con la misma pretensión de escribir su propio libro sobre Turquía), la doctora Halide (ejemplo de la supuesta modernidad y laicidad que Atäturk quiso traer al país, y que acabará casada con un musulmán); el joven turco-griego Jenofonte, que les presta el jeep de su abuelo, tomado sin su consentimiento…

Para nuestro gozo, la autora nos ofrece un relato de viajes desenfadado, pero también con un sutil subrayado de melancolía. Las inquietudes espirituales de Laurie; su amor por la tradición clásica; también su disposición de ánimo y la retranca con la que se toma buena parte de las adversidades la convierten en un personaje a recordar. Me habría enamorado de una muchacha así, de habérmela encontrado en algún verano.

Al final, se impone en la novela el sano placer del viaje; el gusto por preservar la belleza y el misterio, al menos en algunos rincones de este mundo: “Era allí donde intentaría poner orden en mi vida: en la olvidada tristeza de aquel imperio griego en ruinas”. En el posfacio, Jan Morris propone una interpretación de esa Trebisonda envuelta en la fábula bajo un embrujo luminososo inalcanzable, que más que promesa de felicidad es un recordatorio de incertidumbre: “el corazón oculto” de la ciudad representaría el carácter innacesible de la verdad del que la autora, al ofrecernos esta novela, fue consciente.

Trebisonda queda como brillante llamada a los tiempos de la civilización bizantina, a la que solo me acerqué con motivo del asedio a Constantinopla, en 1453, tan inolvidablemente narrado por Sir Steven Runciman. La actual Trabzón debe de esconder los vestigios de aquel imperio bizantino aún más que la época en la que Laurie la visita. Incluso a pesar de la pequeña decepción de la narradora, a mi me parece extraordinariamente sugerente. Culpa de verla, a través de sus ojos:

Y sin embargo, el extraño escenario seguía en pie, y el drama anidaba oscuramente entre bambalinas. El hondo barranco, con sus jirones de bosque, el alto palacio y la torre de vigilancia, ambos en ruinas, el amplio destello del mar más allá de la calita mugrienta, y las montañas magníficamente arboladas, que cruzaban por detrás, a izquierda y derecha…

Y el episodio del brujo griego que sale del lateral de una de esas ruinas, para venderle una poción que conseguirá que en sus sueños el pasado remoto se mezcle con el presente, como si consiguiera transportar a Laurie a aquella época. 

El último capítulo deja un sorprendente giro final, con la muerte del amor de su vida. Con este toque de desasosiego acaba la novela.

La siguiente foto, tomada de un blog donde aparece una reseña mucho más interesante que esta, ilustra en color los paisajes por los que la lectura de esta novela ha ido llevando nuestra imaginación; o al menos la mía, en este mes de julio:

Una respuesta to “Rose MACAULAY: Las Torres De Trebisonda (1956)”

  1. Manolo M. P. Says:

    Editado por Minúscula. De momento, ese subrayado de melancolía se mantiene como marca de la casa. Libros que, si no deslumbran desde el principio, el recuerdo de su lectura se hace más grato con el paso del tiempo. La grandeza de los gestos minúsculos.

    A ver con el siguiente: La Isla, de G. Stuparich.

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