Eric ROHMER: La Rodilla De Clara (1970)

Siempre que se pueda, es conveniente regresar chez Rohmer: al universo que componen las películas de este cineasta francés -recientemente fallecido- que, desde que me topé con aquel ciclo que le dedicó la 2 hace muuchos años, tengo por uno de mis dos o tres directores favoritos.

El verano es menos verano si no veo una película de Rohmer. Ayer tarde tuve la necesaria templanza de ánimo, y sobre todo, sobre todo, el tiempo suficiente para dedicárselo al cine. Cada vez es más difícil meterle con tranquilidad un DVD al reproductor, sabiendo que tienes por aliado un trozo de jornada, un rato de tiempo suspendido para enriquecer tu mirada y de paso airear tu interior. El cine como desvelamiento, como instrumento de revelación.

De tiempo suspendido, precisamente, se nutre el cine de Eric Rohmer, aquel artista tan celoso de su intimidad personal como consecuente en su arte: “Si el precio a pagar a cambio del éxito tiene que ser la quiebra de mi libertad o de mi intimidad, entonces lo considero demasiado caro, y por consiguiente, inasumible”, dijo en una carta al director de no sé qué festival al que rehusó asistir.

Tiempo suspendido (tiempo de ocio, de descanso, de vacaciones), propicio para que los personajes de sus películas se sumerjan en experiencias decisivas. Y en el contexto de un espacio natural como decorado que le da sentido a esas historias.

Muchos considerarán que Rohmer se limitaba a filmar a personas que no paran de hablar. Quien se sienta atraído por su propuesta entenderá que si su pretensión de hacer un cine objetivo sobre la subjetividad acaba mostrando a personas que actúan y hablan, el resultado muestra que esa propuesta es producto de una actitud ética que merece nuestra atención.

Me pasa con todas aquellas películas de las que más grato recuerdo guardo, pero sobre todo me pasa con las de este director alsaciano: que apenas me acuerdo del argumento y se me confunden las unas con las otras, aunque sé bien lo enriquecedora que resulta la madeja de su personalísimo estilo, y el bien que me hizo cada vez que tiré de ella, con cada película suya.

Pero es por eso, por la uniformidad de su estilo, de su propuesta. Porque el sentido de sus películas no está en lo que sus personajes cuentan, sino en el estudio de por qué cuentan lo que cuentan y por qué se comportan como lo hacen. Rohmer no los juzga, pero sabe desvelarnos su interior, mostrando su complejidad.

Tiene predilección por aquellos que gobiernan sus impulsos y que permanecen en un segundo plano; que se miran a ellos mismos, que son conscientes de su propia consciencia.

Un buen ejemplo de todo esto -tan bien expuesto en el libro que sobre el director sacó Cátedra (de referencia su serie sobre cineastas)- lo tenemos en los protagonistas de La Rodilla De Clara, en la que la escritora Aurora (una de esas veces en las que los personajes se sirven de los actores que los interpretan, pues se trata de la novelista rumana Aurora Cornu: ya me parecía a mí su dicción muy clara y lenta. Ejemplo pues de la intención de Rohmer por buscar intérpretes que sean capaces de actuar sin dejar de ser ellos mismos) se sirve de su amigo Jérôme para terminar de escribir un argumento que se le resiste. Su amigo le seguirá el juego en la relación que le propone con la joven Laura, aunque finalmente será su hermanastra Clara la que merezca su interés.

Con interesantes reflexiones sobre el deseo, la voluntad y la posesión, o esa atracción por la belleza cuando va ligada a la juventud que produce en alguien mayor la sensación de exclusión, es sin embargo el registro climático y atmosférico, tan importante siempre en el cine de Rohmer, lo que de nuevo con más fuerza me golpea.

El decorado lo pone el lago de Annecy, cerca de la población de Talloires: los traslados en barca a motor; los días claros que se alternan con la bruma; la tempestad desatada sobre el lago; el aire alpino de montaña…  Un buen ejemplo de cómo sacarle partido dramático, y no solo físico, al lugar de rodaje.

El libro de Carlos F. Heredero y Antonio Santamaría, al que me gusta acudir cuando veo cada película, nos cuenta precisamente la importancia de la localización temporal y geográfica en las historias, reflejando el amor profundo por la naturaleza y el deseo confeso de Rohmer por representarla.

Su voluntad por aprovechar al máximo la luz natural no es sino efecto de esa máxima que dice que “a medios más simples, mayor libertad”, y que Rohmer ejemplifica bien. Voluntad de autenticidad. De nuevo, a la ética por la estética. Por eso es un maestro indispensable para mí.

No desmerezcamos nunca a un artesano parco en medios, sobre todo si hace de ello algo intencionado, buscando el despojo de la artificiosidad. Qué sencillas parecen sus películas, y sin embargo -leo en estos libros sobre ellas-, ¡cuánto trabajo minucioso hay detrás! Siempre me pasa lo mismo: me llama la atención alguna escena, algún objeto, y pienso si será casual. Luego me llevo una sorpresa cuando me entero de que no: cuenta Néstor Almendros (aquel mago de la luz con el que trabajó Rohmer), que La Rodilla De Clara tenía que tener, según deseo de su director, un “efecto Gauguin”: de ahí el uso de colores uniformes en las vestimentas, o que las montañas aparezcan lisas y azules sobre el lago. Y todo dentro de su preocupación por trasladar a las imágenes los matices de las condiciones atmosféricas, lumínicas, al rodar.

Gracias a esa intención, al ver la película podemos volver a sentir cómo personajes y decorados parecen entrelazados. Y así quisiéramos, pues con sus películas Rohmer eleva nuestra sensibilidad, quedar unidos nosotros también. Quizás para olvidar una existencia anodina, o mejor: para retomar nuestro pulso vital.

Qué bien sienta volver, siempre que se pueda, y aunque sea solo por un rato, a chez Rohmer.

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