26 junio: Ruta de La Sabina

(69 kms; 4h 51′)

Retomamos la clásica costumbre de principios de verano de pasar por el Cortijo Picolo, decidiendo hacer la Ruta de La Sabina de este a oeste, subiendo por el barranco que en vertiginosa cuesta se desliza entre El Mojonar y el Peñón del Mediodía.

Durísima vía la de esa serpenteante cuerda que puede divisarse a lo lejos, si le echamos un vistazo a la cara sur de la Sierra de María. La he subido un par de veces, pero siempre empujando la bici. Después de más de un año sin intentarlo, ¿conseguiría hacerla por fin montado?

Sábado, minutos antes de dar las ocho. Últimamente suelo tomar dirección cementerio, para comenzar la ruta por una “vereílla” hecha por las motos -pero a ver si conseguimos que sea secuestrada por las bicicletas- que en rápida bajada (lo siento pero esto es lo máximo a lo que llego en bajadas extremas) te deja en La Cogila, para salir a la carretera, o cruzarla para tomar la cuesta.

Lo típico: Barranco Quiles, Boca de Oriarambla de El Margen, pero tomando el segundo desvío a la izquierda (el primero es el de la rambla El Plan) y enseguida a la derecha, para coger la Rambla Seca y subir por la vereda de Granados.

Estamos en La Cumbre, dentro del querido y -en según qué momento de debilidad- santificado Campo Cisnares. El objetivo es Chirivel, intentando llegar allí en vía recta; cortando caminos (cordel de la Cumbre), tomando el tramo asfaltado que pasa por el cortijo Las Carrascas y dejándolo en curva para seguir recto por tierra.

(Al fondo se aprecia el camino del puerto de Chirivel)

Creo que sigo la vereda de Las Carrascas, que te deja en el cruce con la carretera de los Cerricos y Saliente. Así pues, entro a Chirivel por arriba.

Ya encontramos indicadores que señalan la ruta de la Sabina. Cruzamos el pueblo y la carretera, antigua nacional, para salir por el norte y cruzar la autovía por debajo. Pero espera, que antes de hacerlo me quedo pensando…

“¡Pero si no voy a subir el puerto de Chirivel, ni por Los Chaveses!”… Se me pasó tomar la ruta habitual, que era tomar por el Margen para salir al campillo de Chirivel, buscando la rambla de Chaví y, cruzando la autovía, comenzar al ruta por el cortijo Picolo.

No voy a volver, así que decido tomar por el camino paralelo que hace de vía de servicio de la autovía; camino que enseguida se aparta para meterse por la izquierda. Ya tenemos intención de llegar hasta el Picolo por su izquierda, y no por abajo vía Claví, así que buscamos el encuentro con la pista de Los Chaveses que sube hasta el collado del Mojonar (otra buena subida que se aprecia desde lejos).

No la haremos; o solo un par o tres de kms, ya que sabemos que a la derecha nos sale un camino que, en bajada y entre pinos, nos irá acercando primero hasta el Cortijo El Ciruelo, cuyo terreno vallado dejamos a la derecha. A su entrada hay una pequeña fuente que viene bien para cambiar el agua ya un poco caliente con la que llenamos el bidón esta mañana en la Balsa Nueva del Barranco Quiles.

(En el camino de subida hacia El Mojonar, la bici nos indica el desvío hacia el Ciruelo)

Y después entramos al cortijo Picolo por la izquierda, como se ha comentado. Ya nos encontramos en disposición de acercarnos a la ruta. Son las diez en punto de la mañana.

El camino que nos acerca parte desde la izquierda, en el punto marcado por una gran encina mutilada, pues una de sus grandes ramas se desgajó por el peso de la nieve. Recuerdo ahora el comentario hecho por Ezequiel (como creo que se llamaba aquel ciclista que me encontré en Fuente Nueva, y que me dió a conocer esta ruta de enlazar el Picolo y el Ciruelo), acerca de lo vistoso del arco formado por la rama desgajada que decoró durante un tiempo el camino que baja hasta Fuente Nueva.

El que nos acercará en progresiva subida hasta el inicio de la ruta lleva por nombre (algo personal, permítaseme la licencia), el del gran Edu Lobo. Sí, hay momentos en los que la unión de concentrado pedaleo con la música que sale de los auriculares empapados de sudor terminan marcados a fuego en la memoria, de manera que ruta o tramo de ruta y canción o artista quedan para siempre unidos en el recuerdo. Hoy por cierto no llevo música: me dejé el reproductor en Almería.

Llegamos al rojo punto de inicio, “Usted está aquí”. Casi diez kms de ruta, dice el panel informativo; unas cinco horas de marcha, con un nivel de dificultad medio. La primera vez que la subí era imposible dar una pedalada, ante tanta tierra y piedra suelta, con un desnivel imponente; debe de superar de largo el 20%. La siguiente vez ya habían acondicionado la ruta, con un pavimento de piedra y cemento en algunas curvas: tampoco logré hacerla sin bajarme de la bici.

¿Lo lograría hoy?

Ni mucho menos. No recordaba yo la dificultad de la subida. El comienzo se hace bien hasta que pasamos un cortijo cuyo tejado, recuerdo de la vez anterior, estaban restaurando; así sigue. Es al pasarlo, dejando una balsa (celebro ver que han vuelto a dejar libre el caño de agua, sin la manguera que impedía servirnos del necesario líquido elemento) y con la vista a la izquierda del cortijo del Mojonar, cuando comienza lo duro.

¿He dicho duro? Ya desde el principio me tengo que emplear a fondo, dándolo todo. Y como voy dándolo todo, en cuanto alzo la vista y veo lo que me queda, entiendo de manera clara y distinta que será imposible subir sin parar.

Parada de emergencia aprovechando la sombra de una encina. Creo que es la primera vez que lo hago por precaución, y no porque me obligue el terreno. Es el momento de respirar y bajar pulsaciones. ¿Habré llegado ya a la edad de los cuidados intensivos? Una incómoda preocupación siento cómo se mueve en mi interior.

Me he parado en uno de los puntos de máxima pendiente, así que no hay manera de montarse de nuevo y dar pedales; esperaré hasta unos metros arriba para conseguirlo.

Enseguida, la dura realidad: pie de nuevo a tierra, esta vez ya simplemente por no saber cómo mantener el equilibrio dando seguros golpes de pedal. Ni plato pequeño ni nada: al menor derrape tengo que bajar.

Y así haré la subida; pedaleando a breves intervalos, si es que puedo montarme aprovechando al piedra para avanzar solo unos metros. El mirador a mitad de subida se me antoja lejísimos todavía.

Voy fatigadísimo; gasté todas mis fuerzas al principio, pero era inevitable si quería hacer al ruta subido sobre la bicicleta. Llego al mirador con ansia por descansar, y me falta ánimo para ver el resto de la subida como una gran oportunidad de pasarlo en grande, que era de lo que se trataba cuando comencé la jornada.

(A la izquierda, el Peñón del Mediodía; abajo se ve parte de la subida, y puede apreciarse la encina bajo cuya sombra paré, porque ya iba disparado de pulsaciones. ¡Era solo el principio!)

La última parte es menos exigente. Voy ya pedaleando sobre la sierra, por detrás del Cerro Cabezo; dejo a la izquierda la famosa sabina casi milenaria; voy por tramos de llaneo en los que incluso se puede meter el plato grande.

Comienzo ya la sinuosa bajada por el Barranco de Molina, que lleva a enlazar con el camino del Puerto de Chirivel. Comenzamos subiendo con viento en contra, pero pronto terminaremos en larga bajada, hasta llegar el punto en el que esta mañana decidí hacer la ruta con la variante del Ciruelo.

En Chirivel, rápida parada para reponer agua, y camino de vuelta con poco aire en la trasera. Suficiente para llegar a la una y cuarto de la tarde.

¿Solo 69 kms? Vale que algunos han sido muy duros, pero me resulta poco, para las fuerzas gastadas. Consideremos también las condiciones climáticas, con un día duro de calor. Con todo, parece que cada vez se me hace más difícil. ¿Sólo bajo estado de forma?

2 comentarios to “26 junio: Ruta de La Sabina”

  1. Manuel Soleado Says:

    Hola Manolo,

    Aquí me tienes, como siempre atento a todas tus entradas. Por cierto, las últimas son jugosísimas y muy variadas; literatura, música, diseño…una gozada, vamos, te veo inspirado 🙂

    Pero bueno, dejo mi comentario aquí por este párrafo:

    “Parada de emergencia aprovechando la sombra de una encina. Creo que es la primera vez que lo hago por precaución, y no porque me obligue el terreno. Es el momento de respirar y bajar pulsaciones. ¿Habré llegado ya a la edad de los cuidados intensivos? Una incómoda preocupación siento cómo se mueve en mi interior”

    Qué familiar me suena lo que cuentas. Últimamente parece que por fin he podido retomar las carreras y los entrenamientos. Pero después de casi un año inactivo o con un entrenamiento patético por culpa de mi lesión compruebo que volver a mi estado de forma habitual (muy discreto, por cierto) me está costando de una manera que no imaginaba. La alarma de mi pulsómetro (puesta para que suene a partir de 177ppm) suena dos o tres veces en cada entreno, cuando antes rara vez llegaba a las 170ppm. Y claro, uno empieza a acojonarse cuando supera los 180 latidos y…termina por bajar el ritmo, no vaya a ser que nos llevemos un disgusto. Incluso a veces (esto es Santiago, está lleno de cuestas) me engaño a mí mismo y paro a descansar mientras con la excusa de refrescarme la cabeza en alguna fuente…cosas de viejos, ya sabes.

    Pero bueno, ahí seguimos, intentando mejorar y disfrutar, que es lo importante. Y si tenemos que echar pie a tierra, pues lo haremos, porque el camino continúa un poco más arriba 😉

    Un abrazo,
    Manuel Soleado

    • Manolo Says:

      Exactamente, compañero.

      Creo que son situaciones perfectamente comprensibles por todos los que necesitamos mover un poco nuestro cuerpo. Compartir las mismas sensaciones ayuda a sobrellevarlas mejor, ya lo creo.

      Así que gracias por dejarte caer una vez más. Ánimo en la perseverancia, con el deseo de seguir en la misma onda.
      Saludos.

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