El día que en bici aprendió a montar María

Lo tengo anotado: el 17 de junio.

A falta de la guía del padre perfecto, no puede ser mal plan del todo esto de intentar repetir con tus hijos aquellas experiencias de infancia que dejaron grato y duradero recuerdo.

Me acuerdo del momento, el dónde y el cómo del día en que aprendí a montar en bici gracias a la técnica puesta en práctica por mi vecino y amigo de siempre, Fernando: la típica, consistente en cogerte del sillín solo para ofrecerte la seguridad de que no te vas a caer.

Como no lo ves, no lo sabes y no lo notas, pero se aprovechan de tu buena fe para soltarte durante un instante; lo repiten más veces y tú como si tal cosa, pensando que vas sobre seguro, pedaleando en equilibrio. Hacértelo saber (“¡Mira, si ya vas solo!”) supone recibir una de las mayores y más perdurables alegrías de tu vida.

A mí me pasó con una pequeña BH azul, con ruedas ya no sé si de 16 ó 20″, y con cuadro de acero partido por la zona del pedalier, soldado por mi tío Juan, que para eso tenía el taller debajo de casa. Me acuerdo del momento y de la calle por la que hice las prácticas con Fernando, pero no me acuerdo del año.

Eran tiempos en los que no se veían más que behaches y geacés de paseo, inmediatamente antes de que la famosa Bicicross arrasara y se convirtiera en objeto de deseo.

María parece una niña lanzada, pues se presta a probar nuevas experiencias; así que hace unos días acordamos quitarle los ruedines a su Hello Kitty de 14″.

Fueron solo dos tardes de ir detrás de ella con el lomo agachado, sosteniéndola por el sillín. A la tercera salida, se vio con la soltura suficiente como para pedirme que la dejara sola.

Aunque vayas a su lado, entiendes que pueda producirse alguna caída, como así fue. También es comprensible vislumbrar, por formar parte del juego social, los inevitables pensamientos de los adultos que nos veían, resumidos en el típico “Verás tú”. Pero mi orgullo pudo con la vergüenza.

Y aunque también, también estaba el típico niño con cara de travieso que le faltó tiempo para soltar con placentero escándalo un “¡Se ha matao!”, ya tuve cuidado de que la caída fuese sobre el blando suelo de goma del parque.

Así que… ni mucho menos, bastardillo.

Aproveché para quitarle una cesta que la bici tenía sobre la rueda trasera. Más fácil ahora para subirse y bajarse. Y menos peso, aunque esto último, a una niña con la bendita lucidez del tiempo que tiene, le importa sencillamente un carajo.

Ahora ciertamente luce más endurera, sin la cesta y sin el guardabarros trasero.

¿Recordará María este día? ¿Le quedará el recuerdo que yo conservo y que me ha ayudado a revivir, sintiéndome cercano a poseer algo de la vieja y buena magia de los humanos?

Lo que sí es seguro es que ella ha aprendido a montar en bici bastante antes que yo. Trataré de que le dure su relación con la bicicleta.

Para ilustrar, dejo la canción que marcó esta tarde de junio, pues suelo llevar música portátil cada vez que salimos.

Extraída de una carpeta titulada Sunshine Pop Pearls vol 1, una buena recopilación que me sorprendió agradablemente cuando la bajé del Soulseek; y ahora que he vuelto a recargarla en el reproductor, de nuevo ha vuelto a brillar.

“Peaceful”, single de 1967 de Kenny Rankin incluido en su primer LP, subrayó melodiosamente la tarde. “Gracias agradecidas” al anónimo autor de este recopilatorio, por tan buen gusto al confeccionarlo y tan cívicas maneras demostradas al querer compartirlo, a disposición de los degustadores. ¿Habrá volumen 2?

Kenny Rankin – Peaceful

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