JEAN ECHENOZ Correr (Anagrama, 2010)

Las crónicas la señalan como una lectura magistral del acto de correr, y algunos hasta alardean de buena marca comentando que leyeron el libro del tirón en apenas tres horas.

El protagonista es de los que iluminan nuestra imaginación cuando nos deleitamos con la palabra “leyenda”, así que lo normal era apuntarse la novedad, en cuanto uno supo de ella, en la lista de compras preferentes.

Esperas tanto con este tipo de condiciones que luego, claro, a veces te resulta poca cosa.

No se trata de una biografía abrumadora a base de datos sobre el corredor checo Emil Zatopeck, uno de esos dos o tres nombres en los que podemos pensar cuando nos empeñamos en darle lustre a algunas lastimeras salidas de fin de semana; tampoco nos encontramos con un relato ficticio. La pretensión del escritor francés Jean Echenoz -al igual que hizo con Ravel, según tengo entendido- era ofrecer una biografía más o menos novelada sobre un héroe glorioso en lo deportivo y desgraciado ante los avatares políticos de su época.

“Escribir sobre un ámbito que desconozco”, señalaba en una entrevista para el programa Página 2, porque parece que de deporte, poco.

Y sí, nos ofrece un personaje trágico que se pasó toda su vida corriendo bajo la dictadura; que aceptó con resignación (con elegancia: “Es hora de que lleguen los jóvenes”) su decadencia tras haberlo ganado todo, más y mejor que nadie antes, pasando del ascenso como modelo social y político del régimen al ostracismo político. Eso queda reflejado en el libro, consiguiendo hacernos partícipes (seguramente esa era su intención) de esa especie de admiración de infancia, llena de puro asombro, por los héroes. 

Pero todo resulta demasiado delicado o poco profundo. Será porque no se te va de la cabeza su falta de experiencia personal sobre el tema, si bien el escritor posee licencia para fabular sobre lo que se le antoje, por supuesto.

Hay algunos momentos efectistas a retener: su anónimo desfile en soledad, objeto de burla, con motivo de un campeonato celebrado en Berlin, o aquel verle correr tras el camión de la basura, aún con la admiración del pueblo, cuando ya había sido rebajado en su rango militar a labores de basurero.

Quizás no sea tan difícil, o no tiene tanto mérito, fantasear con un personaje así, cuya vicisitudes te dejan el trabajo casi hecho. Uno echa en falta a lo mejor que hubiera fantaseado más, con esa costumbre de los grandes escritores de buscar algo cuando se ponen a hacer literatura,  llevándonos mucho más allá de los angostos límites de nuestra propia experiencia y ampliando nuestra percepción de la complejidad de la vida. Tal vez así todos podríamos haber aprendido algo del cambio que Zatopeck experimentó cuando pasó de ser un joven que odiaba hacer deporte a aquel funcionario que no podía dejar de correr, quizás en busca de su propia libertad. El autor pasa demasiado deprisa por este aspecto clave de su vida.

Lees este libro y piensas en algún escritor de esos que conocen una o dos cosas de la vida a ras de suelo, y que saben cómo hacerte participe de ellas: John Berger habría cavado más hondo, ya lo creo.

O, ya simplemente en el ámbito deportivo -o no tan simplemente- te viene a la cabeza la habilidad para narrar con emotividad de ese cronista llamado Carlos Arribas, con su gusto por lo épico. También él habría ofrecido algo más consistente, aun mucho más crudo, de la vida de este corredor de leyenda que, con una sonrisa, siempre se dejaba hacer, porque no tenía otro remedio; por querer seguir corriendo, disfrutando con las carreras, dejándonos a los aficionadillos unas cuantas lecciones acerca de la preparación para el sufrimiento consentido.

La edición original francesa, de 2008:

Buscando reseñas (y ésta está muy bien, con datos jugosos -¡esas 100 series de 400m a 1′ 20″ que se marcaba el tío!- y de la que cojo algunas ilustraciones), he descubierto por esos foros de aficionados una larga poesía dedicada a todos los que “perdemos el tiempo” en estas cosas. Aquí quiero dejarla yo también, si bien mutilada por este aficionadillo al que últimamente le falta paciencia para soportar lo necesario para progresar.

Es de Marciano Durán, y se titula Esos Locos Que Corren:

“Yo los he visto.
Yo los conozco.
Los he visto muchas veces.
En verano corren, trotan, transpiran, se deshidratan y finalmente se cansan… sólo para disfrutar del descanso.
En invierno se tapan, se abrigan, se quejan, se enfrían, se resfrían y dejan que la lluvia les moje la cara.
Algunos salen temprano a la mañana y se empeñan en ganarle al sol.
Otros se insolan al mediodía, se cansan a la tarde o intentan que no los atropelle un camión por la noche.
Están mal de la cabeza.

Miran con cariño y sin lástima al que llega diez minutos después, respetan al último y al penúltimo porque dicen que son respetados por el primero y por el segundo.
Viajan 200 kilómetros para correr 10.

Se anotan en carreras de ocho o diez kilómetros y antes de empezar saben que no podrán ganar aunque falten todos los demás.Se ganan a sí mismos, a los que insisten en mirarlos desde la vereda, a los que los miran por televisión y a los que ni siquiera saben que hay locos que corren.

Son raros.

Dicen que proyectan y hacen balances, que se arrepienten y se congratulan, se cuestionan, preparan sus días mientras corren y conversan sin miedo con ellos mismos.
Dicen que el resto busca excusas para estar siempre acompañado.
Están locos.

Yo los he visto.

Yo los conozco.”

De momento no me llama la atención ese famoso libro de Murakami sobre el asunto.

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