G. K. CHESTERTON: Los Árboles Del Orgullo (1922)

… O El Cuento De Los Árboles Pavo Real.

El pasado fin de semana tuve que pasarlo enclaustrado, debido a un inoportuno resfriado que me privó de inaugurar la temporada de carreras con la media maratón de Guadix, como tenía previsto, ya que me había inscrito. ¡Qué se le va a hacer!…  Comenzaré entonces como el año pasado -si todo va bien- corriendo la prueba de Motril.

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Al menos pude aprovechar para leer algo: recuperé el que seguramente sea mi cuento preferido de uno de mis dos o tres escritores preferidos, descubierto en aquel volumen que editó Carroggio en los ochenta, dentro de su colección policíaca.

La historia  tiene lugar en una mansión en Cornualles, al sudoeste de Inglaterra, cuyo propietario, el squire Vane, es un hombre racional al que incomoda que los lugareños y sus empleados atribuyan poderes maléficos a unos árboles algo extraños que no son propios del lugar y que encima rompen su uniformidad boscosa, pero que le añaden una exótica nota a ojos del propietario: “Uno podría imaginárselos como un dragón de tres cabezas en medio de un rebaño de vacas asustadas.”

Cansado de las quejas de los lugareños, el squire apuesta con sus amigos que pasará una noche completa junto a esos árboles. Y esa noche desaparece. Su hija y sus amigos, como detectives aficionados a la fuerza, intentarán averiguar qué ha pasado.

Presente ese toque de intenso colorido que aprecio en el arte descriptivo de nuestro autor (aquel comienzo de El Hombre Que Fue Jueves conseguía que te mancharas la nariz con polvo de ladrillo rojo, al leerlo: “El barrio periférico de Saffron Park se extendía al poniente de Londres, tan rojo y rasgado como una nube del crepúsculo”), son los personajes de esta historia y el sorprendente juego de ocultación y desvelamiento en el que también fue un maestro -y con el que siempre parecía divertirse al manejar a su lúdico antojo nuestras sospechas hacía tal o cual personaje- lo que consigue que este cuento resalte especialmente. Al menos para mí.

Tenemos entonces a un algo excéntrico esquire al que le molestan las supersticiones; a Ashe, el abogado pelirrojo guiado por juiciosas observaciones; al doctor Burton Brown, científico pragmático pero consciente de sus límites; al místico poeta del lugar, Treherne;  al turista norteamericano Paynter, un crítico literario que agradecerá la sorprendente historia colorista local en la que se ha metido (“Esto es como naufragar en la costa del país de las hadas”); o la hija de Vane, que como buen personaje femenino en la obra de Chesterton cumple con su visión ingenua y, por tanto, en la mayoría de las veces más profunda y acertada acerca del mundo y sus misterios.

Ellos forman el grupo de personajes, enredados por esa apuesta del squire Vane en una noche de fantasía “como los despropósitos del Sueño De Una Noche De Verano. Porque este es un cuento que transmite esa magia.

Sorpresas: a diferencia de la mayoría de relatos del autor (como los que tienen de protagonista a Gabriel Gale, el lunático que descubre la verdad por su visión trascendental) aquí el poeta no es el protagonista que desvela el misterio, sino el primer sospechoso, toma ya. Luego nos encontraremos con el mayordomo de la casa, que pasa desapercibido hasta que alguien, en aquella noche de insomnio y de pesadilla, repara en su papel… Pero no, esta vez tampoco va a ser un sirviente el que tenga la clave de la desaparición del squire.

Lo que resulta razonable, lo que uno espera, es que los protagonistas no crean que esos árboles Pavo Real se hayan comido de verdad al squire, ¿no?

Me resulta empero poco resuelta la situación, algo extraña, en la que queda la hija de Vane con el final de la historia, teniendo en cuenta que asume que su padre ha desaparecido fatalmente.

Una desaparición que termina siendo pues un asesinato, a juicio de todos. ¿Y el científico ateo, postura contra la que Chesterton luchó, siempre que la encontrara dogmática? ¡Ah!, entonces es el discreto doctor el que termina siendo unánimamente acusado. Y éste se dispondrá a entregarse, pero  pidiendo que le permitan antes explicar su actuación y tengan la suficiente paciencia para esperar la llegada de alguien que tal vez tenga algo que decir al respecto.

Chesterton nos hace reflexionar acerca de la permanencia de otros tipos de saber diferentes a esa racionalidad científica con la que el entendido se siente tan seguro, la idea de que la sabiduría de “la gente sencilla” posee un fondo que puede llegar a ser muy certero, aunque falle en las formas. Se trata al fin de la necesidad de encontrar la verdad, algo siempre difícil por los prejuicios de unos y las supersticiones de otros.

Treherne, el poeta místico al que extrañamos en un papel menos relevante, nos deja sin embargo con una buena reflexión en el momento en que queda claro que él no es el asesino. Tras el comentario del abogado que a modo de disculpa señala que “el poeta tiene sus pasiones, y el mundo ha juzgado siempre con más indulgencia sus pecados”, él responde: “Ningún hombre tiene menos derecho a faltar a la ley que un hombre de imaginación. Porque éste tiene sus aventuras espirituales y puede tomarse sus vacaciones cuando quiera. Tenga compasión con la primera cuadrilla de pobres ladrones que tengan que robar las cosas para poseerlas. Pero si me coge usted robando un solo ochavo cuando puedo cerrar los ojos y ver la ciudad de El Dorado, no tenga usted piedad conmigo, porque no la mereceré”. Como siempre, nos encontramos con la enriquecedora visión del maestro Chesterton. Poética verdad.

Un maestro cuya postura vital bien que puede llevar ese título de “filosofía del asombro agradecido”: aquí se encuentra un buen artículo sobre ello. Chesterton era de los que valoraba “las cosas pequeñas”: una taberna que ofrezca una buena jarra de cerveza para descanso del caminante, por ejemplo. Y creía que nunca deberíamos dejar de asombrarnos ante la existencia de este mundo. “Aceptar las cosas con gratitud, y no como algo debido”, esta es la humilde medida de su inmenso humanismo.

 

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