PESADILLA ELECTRÓNICA

Llegábamos a La Plaza y en cuanto oí el sonido de la Rickenbacker de Jacinto conforme pasábamos junto a La Iglesia, supe que la de esa noche sería una actuación especial.

Pesadilla Electrónica, después de todos estos años, es ya un nombre convertido en leyenda para la historia musical de Oria. Un nombre incómodo en algunos aspectos, como incómoda fue, es y será su aventura musical, atendiendo a las condiciones exteriores contra las que siempre han peleado Diego, Pedro y Jacinto. Así se llaman los héroes remanentes que mantienen esa aventura, y en la actuación de este verano allí en la plaza, bajo la carpa ferial por mor de la fina lluvia, pensé en si las diferentes generaciones que forman lo que debería ser el rítmico corazón palpitante de inquietud juvenil que toda población, por pequeña que sea, ha de cuidar si quiere gozar de salud espiritual, son conscientes de esa heroicidad, digo, más allá de haberles servido como consumo rockero en un momento dado.

Creo que sí, que la carpa contuvo, flotando por encima de alguna que otra calva, esa sensación de reconocimiento ante un empeño de larga trayectoria. Diego presentaba canciones “de hace unos años”, y me pareció percibir en ese comentario alguna especie de vibración emocional.

Hace ya unos cuantos años, sí; unos cuantas actuaciones; unos cuantos discos grabados… La de esa noche fue una actuación preparada con cuidado, habida cuenta de que faltaba la batería de Pedro. El par restante regaló entonces a los presentes un repaso de su cancionero sostenido con la voz de Diego y las guitarras (eléctrica primero, acústica después) de Jacinto.

Y las canciones brillaron. Diego echaba oficilamente de menos a su hermano, pero me van a permitir que considere que esa noche convirtieron el defecto de su ausencia en la virtud de saber ofrecer unas versiones diferentes para que las canciones salieran ganando.

Jacinto ha terminado por hacer suyo un estilo de interpretación en el que una aireada convulsión eléctrica convive con una reptante manera de cantar, alargando las palabras en una especie de susurro doliente, valiente, desvergonzado o emotivo para según qué oídos. Y a Diego lo ví “bárbaro”, lo que significa que llevó a buen fin el atrevimiento de salir desde el principio con todo el arsenal en su voz, llevando la actuación con esa  madurez serena de sus mejores momentos.

Ambos estuvieron, como siempre, valientes en su propuesta. Si digo que la parte más emotiva de la actuación vino como consecuencia de la petición de silencio que Diego hizo a los de atrás, para afrontar entonces un pequeño set acústico pisado por los aplausos en más de una ocasión, quizás se entrevea algo de esa dialéctica del tira y afloja que este pueblo tiene con los que osan dar un paso adelante.

Después los esperados bises finales. También en esta ocasión había un cubo con cervezas, pero sólo participaron del ofrecimiento los de delante. Será que los jóvenes de atrás estaban pensando más en empezar con sus botellones. La señal de lo moderno para ellos, que no tienen problema en convivir con los tiempos actuales.   

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