JONATHAN COE, El Club De Los Canallas (2001)

Había perdido la sana costumbre de tirar del servicio de préstamo de la biblioteca pública; tanto, que tenía el carnet caducado.

De la de Almería saqué esta novela de Jonathan Coe, animado por las referencias (“Comedido, pulcro, culto e ingenioso narrador middle class”), de actualidad el último año por La Lluvia Antes De Caer. Pero yo quería algo de sus obras anteriores, al parecer con más sentido del humor o, en general, con ese wit tan británico por el que siento debilidad.

Bueno, la cosa se centra en el devenir de unos adolescentes de Birmingham (con especial protagonismo de uno de ellos, Benjamin Trotter), y en el contexto de los años setenta.

A ratos emocionante, a ratos exasperante. Será que tengo tan poco tiempo siempre, y siempre voy con tanta urgencia que espero encontrarme con la palabra ‘literatura’ escrita en mayúsculas y en pan de oro sobre cuero.

Me acuerdo de Julian Barnes (no he leído nada de Martin Amis ni de Ian McEwan; tampoco de Nick Hornby), y me parece “mas escritor”, aunque Coe gana simpatías por dejar notar su afición musical, siendo además amigo de Philippe Auclair.

Me quedo con el destello de algunos secundarios: algunos padres de esos chicos, como Bill Anderton (la nobleza de las lucha de los trabajadores) o Sam Chase (un conductor de autobuses esforzado por recuperar el orgullo mediante el lenguaje. Más nobleza), y sobre todo con esas cartas al director de un padre de alumno inventado por el travieso Sean Harding, personaje mediante el que el autor por fin no escatima en wit. Y es que ese Arthur Pusey-Hamilton, Miembro de la Orden del Imperio Británico (y Gladys, su adorada esposa), con el que Coe se ríe de la noble y conservadora tradición tan british (reírse así, de sí mismo: algo que falta, me da a mí, en otros sentidos del humor no británicos), resulta un acierto, y tras leer sus cartas, uno desea vovler a encontrárselas a lo largo de la novela. La primera de ellas ya es antológica cuando, con motivo de la fiesta post-representación teatral, critica el supuesto desmadre con el que se encuentra su joven vástago: “Puedo tolerar un poco de sodomía entre compañeros de colegio de cuando en cuando, pero el comercio carnal con el sexo contrario, y entre distintas razas, por el amor de Dios… Eso sí que no.” 

Por otra parte, también merece ser recordado el capítulo de la huida de los judíos ante la llegada de los Nazis, con la lección de ciudadanía dada por el pueblo danés. Relatado por una abuela para dar explicación del comportamiento de sus nietos, transmite bien la sensación de nudo en la garganta al escucharlo.

Y un hallazgo más: el sorprendente descubrimiento de la afición por Vaugham Williams que Sean Harding -aquel muchacho de retorcido pero apabullante sentido del humor-, compartirá con Benjamin Trotter, al que le cuenta cómo el compositor recorría en bicicleta los pueblos de Norfolk para descubrir canciones típicas de los lugareños. Ya me apunto la ‘Rapsodia de Norflok nº 1’ para descubrir maravillas melódicas.

A ratos a punto de ser devuelto a la biblioteca, a ratos leído con fruición. Lo cierto es que el ambiente de los setenta está muy logrado: normal, si se basa en propias experiencias. “Una época en la que todo era marrón”, es verdad: ¡yo tenía esa misma sensación!

Miraré si en la Villaespesa está alguno de los tres volúmenes que me faltan de Una Danza Para la Música Del Tiempo, de Anthony Powell.Porque esta obra de Coe también me ha recordado al primero de ellos, Primavera, que me gustó mucho. Aunque creo que Powell sí consigue poner la palabra con mayúsculas. Al menos la inicial, que yo recuerde.

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