25 abril: PUERTO DE ALMERÍA

(10 kms: 46′)

Esta prueba te da la posibilidad de acceder a una parte de la ciudad normalmente cerrada al transeúnte. Tampoco se pierde uno gran cosa: naves industriales, despojos oxidados de un pasado más activo, fuerte olor a pescado… pero llama la atención la sensación de pasar por un barrio fantasma, y tienes otra vista de la ciudad desde el foro al que damos la vuelta y cuya rampa de acceso supone el único desnivel en la carrera. Me gusta esta prueba, pero veremos si no es la última, por las condiciones económicas. ¿Qué mejor publicidad para el puerto y para la ciudad que la celebración de este tipo de eventos? Parte del pasaje norteamericano del enorme transatlántico que había atracado estaba allí, aplaudiendo la llegada de los corredores.

“Si no corro, me da algo”, leí en la camiseta de un corredor: yo también me lo tomo como un axioma del que deducir un plan para el tiempo del que disponemos; después de correr, con la sensación de bienestar, ya pueden hacer conmigo lo que quieran, que estoy disponible. Correr amansa a las fieras. Ensancha el alma. Los pulmones también.

“Vamos, échale brisca al as”, soltó un espectador. Pues bien, así lo hice en los últimos tres kms, regresando del faro. Me encontraba bien, y aproveché el adelantamiento de uno para irme con él: me disculpé y las aceptó con un “faltaría más”. Pero es que me sentía con ganas de seguir apretando, así que lo dejé a él y a muchos que fui cogiendo camino de meta durante unos kms aceptables que me marqué: a éste lo alcanzo, aquella muchacha del culo gordo (¿será siempre la misma?) esta vez no me gana… Hasta un último grupo que me alcanzó a falta de poco logré dejarlo atrás gracias a mi clásico sprint final. Todo esto parece muy poco elegante, pero es que no sé cómo mejorar si no es así, poniéndome objetivos… Mis entrenamientos son un asco: salgo siempre solo; no sé cómo mejorar ni mi fondo ni mi velocidad; pasa el tiempo, pasan las pruebas y no mejoro. Pero ya sé que el tema está en salir más a menudo.

Volví a sentir la satisfecha sensación producida por el ácido láctico de darlo todo, de pensar que difícilmente lo podría hacer mejor. y siempre es agradable saber que, al llegar a meta, habrá alguien esperándote para darte ánimos.

 

En esta ocasión no llevaba el pulsómetro reducido a cronómetro por haber perdido la cinta; “da igual porque sabré el tiempo en meta”… Pues mira, no, porque resulta que leyeron el código de barras del dorsal como unos buenos dos minutos después de entrar a meta, así que allí en fila aguardando, por el tiempo de alguien que llegó detrás, no sé a cuantos segundos, calculé lo de los 46′.

 

Sí, por debajo de 5′ el km, pero por encima de lo que me esperaba, tras las buenas sensaciones en el último tercio. ¿Ni siquiera mejoro la marca del año anterior? Pues no. Adiós euforia, hola falta de entrenamiento.

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