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Un euro por el alma rusa

abril 25, 2012

Mañana de domingo por el paseo marítimo de Almería. En uno de esos puestos de mercadillo se deshacían de unos libros, a euro por ejemplar. Cuando vi el de Tolstoi -un volumen con los relatos La Muerte de Ivan Ilich, El Diablo y El Padre Sergio- no me lo pensé.

Por un euro, una introducción al universo de Tolstoi, y encima  en aquella edición de la biblioteca básica Salvat de RTVE de finales de los sesenta, de la que tengo buenos recuerdos gracias a La Isla Del Tesoro, uno de esos clásicos leídos “en su momento clásico”, con doce o trece años.

Hasta ahora no había leído nada del gigante ruso, o sea que por aquí uno que todavía no ha leído Guerra y Paz.

Así que tan viejo y tan virgen, ¿eh? Bueno, supongo que mucho tiempo perdido por culpa de esa idea paralizante que considera que poseer una buena edición es el primer paso… O lo del momento: que si en vacaciones sería la época más apropiada para entrar en guerra con ella… ese tipo de tonterías. Pero sobre todo por culpa de una mala selección de lecturas: golosinas de novedades dejadas al poco de ser empezadas.

No hay excusas, bien sea por buena edición disponible en las librerías (todo parece indicar la de Mario Muchnik) o por cercanía: los dos tomos en rojo en casa de mi cuñado Mateo, posiblemente una edición de principios de los ochenta. ¿Por qué no atreverme de una vez con ella? Por tratarse de un clásico, segurísimo que aguanta el traspaso a cualquier idioma, atravesando cualquier frontera cultural. Por algo que me perdiera, recibiría con creces una recompensa en placer estético superior a cualquier otra obra literaria. Me lo creo.

Pero si nunca es demasiado pronto para los clásicos, tampoco es demasiado tarde. De momento este volumen amarillento con esos tres relatos de Tolstoi ya ha rendido lo suficiente como para dejar constancia aquí de su lectura, lo que significa que deja su marca en una temporada no demasiado sustanciosa de libros memorables.

Tenemos primeramente La Muerte de Iván Ilich, que no es sino la historia de su vida, como dijo Nabokov. No ha sido mala puerta por la que entrar a la mística de Tolstoi, quien en este relato nos deja un impresionante examen de conciencia por parte del protagonista, que revisa las etapas de su vida ante la proximidad de su muerte. La carrera burocrática de Iván, el éxito social buscado y esperado en una vida burguesa que deviene vacía en su momento definitivo… Un análisis psicológico para un retrato sociológico de la burguesía de su época.

El siguiente relato es El Diablo, que me resultó el menos profundo de los tres; más “folletinesco”, teniendo en cuenta que ahora nos las habemos con un joven hacendado, trabajador, con algunos remilgos de conciencia, que se busca una campesina para satisfacer sus puntuales necesidades sexuales. Con la historia de Yevgueni y su pasión por Stepanida, Tolstoi nos habla de la conciencia de clase, las ataduras sociales, la doble moral. ¿Y quién es El Diablo, la joven campesina o esa pasión irrefenable de la que es víctima Yevgueni? Víctima, lo que se dice víctima, va a ser la alegre y sencilla Stepanida, que tan bien había asumido su papel en esta vida.

Finalmente, El Padre Sergio, relato que entronca con el primero por su carga de profundidad, con el escenario del mundo eclesiástico. Inolvidables los momentos de tentación por los que pasa su protagonista. Gracias a relatos así bien puede decirse que los personajes de Tolstoi parecen reales, como señala el crítico Ch. Corbet: “Sus personajes no nos producen la impresión de ser construcciones ficticias de un espíritu bien dotado, sino de haber sido engendrados del mismo modo que los seres reales”.

Tres relatos del alma rusa, como también suele decirse, en los que Tolstoi deja expuesto tanto su idealismo (ante una prolongación que parecía eterna de la Edad Media en la historia de Rusia) como las pasiones con las que, leyendo algunas notas sobre su biografía, se las tuvo bien tiesas. Lucha entre pasión y deber, tormento interior, o esa frase que lo expresa así: “El ser humano está hecho de espíritu y materia. Pero éstas no están en reposo, sino trenzadas en una lucha a muerte.”

Uno se queda con la fuerza que desprenden los protagonistas principales de estos relatos -sobre todo los de Iván y Sergio- y con la enseñanza de verdad que pudieron sacar de aquellos secundarios a los que se contraponen: el sirviente Guerásim en el primero (“Al mirar la cara bondadosa y somnolienta de su sirviente Guerásim”), la joven campesina Stepanida en el segundo (“le abrazó con su sonriente mirada”) y la abnegada Páshenka en el tercero, que creo es mi favorito, con esa emocionante parte final en la que el eremita llega en peregrinación hasta dar con ella, y con ella el sentido por fin de su vida:

Páshenka es precisamente lo que yo debí ser y no he sido. Viví para los hombres con el pretexto de vivir para Dios, y ella vive para Dios imaginándose que vive para los hombres. Sí, una buena palabra, un vaso de agua ofrecido sin pensar en la recompensa, valen más que todo cuanto yo hice en bien de la gente.

Y entiendo que en esto reside buena parte del genio de Tolstoi: sentimos que hay más vida entre sus páginas que cuando las cerramos y salimos a la calle. Acabé con ese último relato y algún tipo de enseñanza pareció darme que iba más allá de la convicción de terminar cenando esa noche solo una manzana.

Tuve pues que pagar un euro para que, por fin, alguien como Tolstoi me revelara su alma.

Chéjov Comentado

marzo 18, 2012

El dueño de la casa me ofreció un poco de té. Mientras tomaba asiento dirigí la mirada hacia el rostro de la muchacha que sostenía el vaso en mi dirección, y de pronto me sentí como si una brisa fresca hubiera inundado mi alma, llevándose a su paso todas las impresiones del día, toda su pesadez, todo el polvo de la carretera.

El libro más memorable de los últimos tiempos lleva por título Chéjov Comentado: dieciséis de sus cuentos comentados por otros tantos escritores actuales. Una antología especial tanto por contenido como por continente, editada en 2010 por Nevsky Prospects.

Edición primorosa a cargo de Sergi Bellver, toda ella refleja el cariño imperecedero que se le coge a Chéjov ya desde que por primera vez uno lee alguno de sus cuentos, porque enseguida nos damos cuenta de su definitiva manera de mostrar con esa delicadeza tan especial la profundidad de la condición humana.

Aquí dejo apuntadas unas frases subrayadas del gran prólogo que se marca Bellver, que tan bien reflejan el tesoro del arte del gran, querido Chéjov:

Enfrento este prólogo con un afán parecido al de Chéjov en sus relatos: abordando el detalle, explorando el silencio, callando ciertas cosas para que lo esencial sea dicho, dando un aparente rodeo para tomar distancia, concentrándome en el aire y la luz y no, de momento, en el objetivo.

(…)

Chéjov coloca un espejo incómodo ante el lector y le cede la última palabra.

La aparente intrascendencia y el tono liviano de sus relatos, donde no hay grandes héroes ni aventuras exóticas, sino personajes comunes, deja en el aire el polvo de un derrumbe.

Una de las mayores ambiciones del autor: la redención o, cuando menos, la comprensión del ser humano.

En los cuentos de Chéjov no hay cabida para los vestidores novelescos y el aparatoso ajuar de época, sino arrugas y vuelos de una tela ligera en el aire de la tarde, celosías de sombra y luz sobre el tejido, rumor de prendas caídas por descuido.

La dualidad de sus personajes, el contraste entre ellos para resaltar el conflicto de fondo, la omisión y la elipsis, el peso del silencio, la temperatura de los ambientes humanos…

Chéjov escribía para que no dejáramos nuestros deseos en el desván de las ilusiones o en el sótano de la apatía, para que transformáramos nuestra realidad más cercana, para que el cambio se operara poco a poco, en el aire cotidiano de la casa, pero de manera irreversible.

Ya con el primero de los cuentos escogidos, Las Bellas -al que pertenece el párrafo para dar comienzo a esta entrada- uno sabe que sostiene un libro de calado. Impresión experimentada ya desde que comprobamos el cuidado de la edición: de la portada a la entrada de cada cuento, con esa hoja de separación en rojo, sobre el que tan bien combinan el blanco y el negro.

De la lista, algunos conocidos que están entre los favoritos, como Tristeza o El Violín de Rothschild, y otros descubiertos aquí por mí con gozo, como El Amanuense.

No todos pertenecen a su época de madurez: hay un par de ellos correspondientes a sus primeros años, cuando firmaba como Antosha Chejonté. Todos ofrecen alguna gran lección; de todos ellos se sacan admirables explicaciones.

Así, Eloy Tizón sobre Casa Con Mezzanina:

Chéjov en estado puro: un alma soñadora, roída por el spleen y la ruina, el runrún de la conciencia, la soledad, el aburrimiento rural, el tiempo inabarcable…

Marta Rebón nos recuerda a propósito de El Violín de Rothschild cómo Chéjov nos muestra el pathos de la vida rusa en el que suele aparecer un lado tragicómico.

Ricardo Menéndez Salmón comenta Enemigos:

Lo que como lectores nos subyuga es el talento de Chéjov para destilar, del limo grosero de la existencia, la gota de oro puro del suceso. la palabra exacta, quizá, no sea otra que equilibrio.

Hipólito G. Navarro, con motivo de Ostras:

Lastima intensamente al lector, como sin pretenderlo. ¿Por qué me fascina tanto este cuento?

Maxim Gorki lo explica muy bien: “Nadie ha comprendido tan clara y sutilmente como Antón Chéjov la tragedia de las pequeñeces de la vida, nadie hasta él ha sabido dibujar a los hombres con tan implacable veracidad, en el cuadro vergonzoso y desalentador de su vida, en el opaco caos de su mezquindad de cada día.”

BATSFORD

marzo 12, 2012

Por aquí un recién llegado a las bondades que para nuestra imaginación ofrece la editorial Batsford, cuya colección de cubiertas bien podría servir como referente visual a un idílico mundo rural -colorido, soleado- de las Islas Británicas.

El principal autor del adorno de estos libros clásicos -de la década de los treinta hasta primeros años cincuenta- fue el ilustrador y diseñador Brian Cook, que era sobrino del director de la editorial, en la que empezó, se cuenta, trabajando en el abarrotado ático de las oficinas de la compañía por el centro de Londres.

No cuesta imaginárselo allí, aprendiendo técnicas publicitarias. Su aportación fue el desarrollo de la sobrecubierta ilustrada, ese envoltorio de la tapa y contratapa de un libro que sirve para preservarlo del polvo y que, gracias a su labor, dejó de ser visto por los lectores como un engorro de quita y pon. Su innovador diseño se basó en rodear el libro con la ilustración.

No todas fueron suyas, porque este ejemplo encontrado pertenece a Sidney Jones:

Es normal que haya seguidores entusiastas que coleccionen estas referencias. Desde la distancia, nosotros ya vamos servidos si descubrimos cosas así, para seguir alimentando una imaginación escapista.

 

 

JACINTO ANTÓN

marzo 5, 2012

Ya he caído en la cuenta del buen oficio que posee el periodista Jacinto Antón: lo bien que sabe despertar mi atención por todo lo que juzgue de su interés, mostrándolo irresistible: cruceros y submarinos, hipopótamos, húsares… Temas que a priori uno pasaría por alto, pero que en sus columnas adquieren la categoría de aventura inolvidable.

Un ejemplo de fusión entre vida y profesión, o al menos esa impresión queda en el lector que se acerca a sus artículos. Yo empecé a tomar conciencia con la selección de libros de viaje que hizo para el suplemento Babelia, y desde entonces me acerco a cada uno de los firmados por él con la seguridad de que encontraré una curiosidad contada con pasión, y con el talante irónico y humorístico necesario para rebajar la sensación de encontrarte frente a un experimentado viajero de vasta cultura que parece no haber perdido un solo minuto de su vida en aburrirse de manera improductiva.

El otro día volvió a darnos una lección con la presentación, en su estupendo blog El Correo del Zar, del criminal nazi Reinhard Heydrich, en la que comenta las novelas que lo tienen como personaje central. Libros que ahora mismo deseo leer por culpa de este excelente contador de “historias con minúscula”. Se trata de HHhH, de Laurent Binet, en Seix Barrall, y la que al parecer pronto publicará RBA en castellano: Prague Fatale, de Philip Kerr. Apuntados quedan.

Jacinto Antón tiene un libro que al parecer recopila sus crónicas para la edición de El País en Cataluña: Pilotos, Caimanes y Otras Aventuras Extraordinarias (RBA), que trataré de buscar también.

Periodismo cultural, es lo suyo, y también ha sido premiado por ello.

Posibles: El Moby Dick de Valdemar

enero 17, 2012

Valdemar edita el clásico Moby Dick, de Melville; uno de tantos que tengo pendientes. El atractivo viene del añadido de las reproducciones de Rockwell Kent.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero es que vale 39 eurazos.

P.G. WODEHOUSE

noviembre 11, 2011

Lo mejor de la década de los noventa fue descubrir al escritor P. G. Wodehouse y el mundo literario que desarrolló con sus obras, gracias a aquel artículo de Ramón De España en El País.

Fue con motivo de la revitalización que la editorial Versal hizo de su figura para las nuevas generaciones. Un empeño que tuvo continuidad con el rescate de Anagrama, la definitiva culpable de que los libros de Wodehouse sigan desde entonces presentes en las librerías como lo estuvieron en décadas pretéritas gracias a José Janés, “como corresponde a un clásico absoluto.”

Inevitable la acertada cita que sobre él dejó otro grande, Evelyn Waugh, y que aparece en esas reediciones: “El mundo idílico de Wodehouse no perecerá nunca; seguirá liberando a las generaciones futuras de ese cautiverio que sin duda será mayor que el nuestro. Nos construyó un mundo para nuestro deleite y para que pudiéramos instalarnos en él.”

Es exactamente eso. Una evasión necesaria a base del humor más puro, blanco, fino, refrescante e inteligente que conozco. La esencia del mejor humor británico. Del mejor humor, sin más; o del que prefiero.

Otra comparación acertada: la sierra de Tom Sharpe convertida en finísimo bisturí en las manos de Wodehouse, para diseccionar la sociedad en una operación literaria más arriesgada y de mayor mérito, más valiosa.

Porque su humor “te hace trabajar los hemisferios cerebrales”, al ser el destilado de una prosa perfectamente engrasada, de la que tomar apuntes. Y de hecho abundan los libros con brillantes citas suyas, ya sea descripciones, comparaciones o clarividentes exposiciones de sentimientos personales tan difíciles de expresar como fáciles de reconocer al leerlo.

¿Humor inocente? La apuesta por excluir la grosería, el mal gusto o el chiste fácil y hueco es una apuesta intencionada que merece nuestro aplauso. La disección de los vicios de la sociedad de su tiempo está hecha con tanta elegancia en esas historias tan superficiales que sorprende la profundidad de su calado, cuando nos venimos a dar cuenta. Y, quizás, pocas cosas resulten tan dolorosamente profundas como la pérdida de la inocencia. Ojalá nuestras preocupaciones giraran alrededor de la desaparición de una jarrita para la leche con forma de vaca.

Conocer su mundo es amarlo, como a mí me pasó: empecé por su serie más famosa, la de los relatos y novelas que tienen como protagonistas al cabeza de chorlito de Bertie Wooster y su fiel ayuda de cámara, Jeeves; seguramente su creación más recordada. Como me ocurre con aquello que más me gusta, al principio busqué más de lo mismo y desestimé otros personajes suyos; y para cuando por fin me los encontré, más rendidamente caí ante ellos.

El incomparable Ukridge; el mundo de Blandings; las amables intrigas de Psmith; los lechuginos del Club de Los Zánganos; Mr Mulliner y sus historias en aquel pub, El Descanso del Pescador, por las que siento especial predilección ya que también aquel es nuestro cálido refugio…

Un mundo de ciclos que nuestro querido “Plum” Wodehouse quiso hacer aún más atractivo mediante el recurso de interrelacionarlos, de manera que unos personajes se colaban en las historias propias de otros, algo siempre emocionalmente efectivo para el lector que les había cogido cariño. Uno de esos guiños al lector -junto a muchas expresiones típicas- tan del gusto de un autor que dejaba la impresión de regocijo con cada nuevo párrafo que escribía, sabiendo lo que le esperaba al lector cuando se encontrase con él, con el divertimento que le esperaba.

El cariño que se les coge a estos personajes es uno de los grandes regalos que nos ofrece Wodehouse. Es el reflejo del propio amor que el autor tenía por sus criaturas. ¿Qué mejor valor moral para justificar el noble humor, tan bien escrito, de Wodehouse?

Quisiera haberlo presentado de otro modo: una vez pensé en intentarlo al estilo wodehouse, con todos esos giros suyos tan característicos. Lo que me ha salido es demasiado soso y aburrido (incluso con un regusto airado), pero el motivo es práctico: aclararme en la serie de obras que tienen a Jeeves como protagonista; recuerdo que, al poco de caer rendido, consideraba injustificada la fama de Jeeves en detrimento de su pareja protagonista, un Bertie Wooster de torpeza supina pero buenas intenciones que me tenía ganado.

El detonante ha sido la salida del segundo volumen del Omnibus Jeeves en Anagrama. recuerdo que del primero fue fácil determinar que ya tenía todas las obras contenidas en él. Con el siguiente ya me asalta la duda: ¿Tengo Adelante, Jeeves?

En iberlibro aparece un antiguo tomo de Plaza y Janés con, entre otras, Muy bien, Jeeves. De nuevo, la duda: ¿la he leído? Para acabar con ellas, y antes de hacer inventario de los libros que tengo en Oria, me propongo hacer una lista con la serie de Jeeves, y así dejarlo claro.

Veamos:

Adelante, Jeeves (Carry On, Jeeves, 1925)

El Inimitable Jeeves (The Inimitable Jeeves, 1924)

Muy Bien Jeeves (Very Good, Jeeves, 1930)

¡Gracias, Jeeves! (Thank You Jeeves, 1934)

De acuerdo, Jeeves (Right Ho, Jeeves, 1934)

El Código De Los Woosters (The Code Of The Woosters, 1938)

Júbilo Matinal (Joy In The Morning, 1947)

Llamen A Jeeves (Ring For Jeeves, 1953)

Jeeves Y El Espíritu Feudal (Jeeves And The Feudal Spirit, 1954)

Creo que las siguientes no están editadas en castellano, o yo no las he encontrado:

The Mating Season (1949)

Jeeves In The Offing (1960)

Stiff Upper Lips, Jeeves (1963)

Much Obliged, Jeeves (1971)

Me ha servido conocer la Sociedad de Fomento Los Zánganos, este sitio de aficionados a Wodehouse en castellano, producto de una buena labor de amor hacia su mundo: uno de sus principales frutos es la intención de ir traduciendo algunos relatos que no tenían versión en castellano.

Merece la pena también leer la presentación que hacen de él, muchísimo más interesante, animosa y adecuada que la mía. Debería haber puesto este aviso al principio de la entrada.

Un sitio para ver cubiertas de sus libros en varios idiomas.

Ciclo Beatles y literatura

octubre 10, 2011

Adolfo Iglesias es uno de esos tipos capaces de contagiar la pasión que les mueve. Responsable, gracias a su asociación John Lennon Almería Forever, de poner a Almería en el mapa beatlemano mundial, por lo que creo que ya se va mereciendo calle propia. Yo votaría – a pesar de su imposibilidad- por esa que se toca con la de los Beatles, allí por encima del auditorio, y que lleva por nombre de David Bisbal. Ya sé que se trata de distintas consideraciones ante diferentes méritos, en fin.

Ahora que lo tengo como compañero laboral -aunque a media jornada- trataré de estar más al tanto de todo lo que se cuece en el ámbito cultural de la capital, y que uno se ha ido perdiendo durante todos estos años. Aún recuerdo cuando me repensaba lo de pagar la cuota para hacerme socio de la Asociación. Lo fui dejando, lo fui dejando…

Este año sí he podido asistir a estas jornadas Beatles que, con la ayuda de la Biblioteca Villaespesa, han vuelto a recordar a este fenómeno cultural del siglo XX. Como siempre, bien agarrados a esa visita de Lennon en 1967.

Bien que trata Adolfo de que no se le escape un detalle concerniente a todo lo que tenga que ver con la conexión Beatles-Almería; nota al margen en cualquier aficionado de este mundo, pero capítulo central para los que, como él, tratan de hacer de su tierra un sitio merecedor de hacerse notar y sacar la cabeza con algo de orgullo. Ciudadanos ejemplares estos, sí señor, y la labor de amor de Adolfo como ideal a seguir.

Él abrió los actos con la charla que ofreció en la Villaespesa acerca de Los Fabulosos, con la que quiso recordar  a los personajes ficticios en las canciones de los Beatles (esos hombres de ninguna parte y locos de la colina, junto a Eleanor Rigby o Rocky Racoon), pero también los reales alrededor de ellos (la madre de Lennon, la novia de McCartney) y, sobre todo, el hecho de los propios Beatles convertidos en personajes, y conscientes de ello, como corresponde a la inevitable consecuencia de haber creado uno de los universos propios más enriquecedores para cualquier disciplina artística.

Adolfo alternó sus reflexiones (me gustó eso de que Lennon es más de fogonazos poéticos, y McCartney más de reveladora prosa) con muestras sonoras para ilustrar, redondeándolo todo con su habitual dispendio (aquí nunca excesivo ni innecesario) de anécdotas beatlemanas almerienses. Entre las mejores, la historia de ese profesor de inglés, Juan Carrión, reverenciado culpable - con su costumbre de enseñar utilizando las canciones de los Beatles-, de que aparecieran por primera vez en la historia las letras en el encarte de un disco de los Beatles. Así pasó porque John Lennon cumplió su palabra, tras su encuentro con él durante el rodaje de Cómo Gané La Guerra; y así fue como el Sgt. Peppers trajo aquella novedad. Adolfo apostaría su corbata del Revolver  a que, de haberse celebrado ese encuentro con Paul, a buen seguro que el reverenciado profesor habría sido convertido, por mor de su evocativa prosa, en personaje central del disco. La historia nos la volveríamos a encontrar pocos días después, con motivo de la visita a la finca Santa Isabel.

Tras la charla, se proyectó en la sala esa película de Richard Lester que fue la culpable de la estancia de Lennon en Almería entre septiembre y noviembre del 67. No me quedé a verla.

Eso fue el miércoles día cinco. El viernes tuvo como protagonista a Mario Cuenca, antologista de un libro de relatos que tienen en Los Beatles bien su causa emocional,  bien el motivo para el siempre estimulante juego de la obra apócrifa. Con él celebra, como señaló, la unión de dos grandes excentricidades: los Beatles y la literatura.

Se titula 22 Escarabajos, y está editado por Páginas de Espuma. Lo tenía, pero no lo llevé en busca de dedicatoria porque a veces me tomo con desdén este tipo de cosas. Ya mereció la pena saludarlo en persona, agradeciéndole la interesante presentación que ofreció, en la que habló de la ruptura entre la llamada baja y alta cultura que el fenómeno Beatle trajo, y en general del universo de Los Beatles como toda una mitología, coincidiendo con la charla anterior en la relevancia de los personajes creados.

Mario también ilustró con fragmentos de canciones e interesantes valoraciones personales, con alguna recomendación didáctica acerca de esos personajes, posibles protagonistas de nuevas historias si despiertan la creatividad de los alumnos.

La mañana del sábado estuvo dedicada a un “paseo por la mente y los lugares de John Lennon“, como creo que se llamaba la actividad. Los interesados quedamos en la plaza donde se encuentra la estatua de Lennon que reproduce el físico que llevaba en esa época, con motivo de la película, y esa manera suya de sentarse con los pies cruzados para tocar la guitarra.

La actividad tuvo en Adolfo al amable guía, conocedor de las historias de cada sitio en el que nos parábamos porque él  mismo las ha ido sacando en todo este tiempo: Hotel Costasol (donde se ubicó en principio al equipo de rodaje); el Gran Hotel (por entonces no existía, pero que en el 71 fue el sitio donde Ringo celebró su cumpleaños); desde ahí en autobús por el Zapillo, con paseo por la calle Gibraltar Español hasta el cercano hostal El Delfín Verde (siguiente asentamiento de Lennon), y tras la charla en pleno paseo marítimo -a la que se unieron temporalmente algunos paseantes y ciclistas-, visita final a la finca Santa Isabel, lugar definitivo de Lennon and company, y motivo de inspiración -con ese impresionante jardín que tuvo en sus buenos tiempos- para terminar de componer “Strawberry Fields forever”. Adolfo se empeñó en apoyar la versión acerca de las impresiones de tan ilustres alquilados que sostiene que vieron el lugar como una casa encantada. Actualmente el sitio alberga el Museo del Cine de Almería.

El paseo contó además con la ayuda de Dave, músico encarnado en John Lennon para la ocasión. Su buen hacer, con soltura a la guitarra y simpatía en los comentarios, hizo aún más familiar la excursión. Forma parte de la banda llamada The Real Me; a ver si me la encuentro alguna vez en algún sitio.

Ahí podía haber terminado la cosa, pero quise acercarme al cine Cervantes para ver la película Nowhere Boy, que Adolfo había recomendado porque refleja la situación familiar del joven Lennon, antes de hacerse famoso.

Menuda decepción… Será que, como veo tan pocas películas, no estoy acostumbrado. No puedo con los lugares comunes, los gestos típicos, el tratamiento superficial, el cine como producto con sabor a palomitas… No lo soporto, y me da igual que sean los prejuicios los que manden (¡asco de voces dobladas, con ese estilo de entonar ad nauseam!). Desde el primer momento me di cuenta de que no me encontraba con algo de interés para el aficionado, como me esperaba. ¿Qué manera es esa de resolver una larga ausencia entre hijo y madre mediante un alegre paseo de feria por Blackpool ¿y eso de que sea la madre la que le abra los ojos al mundo musical, haciéndolo de manera transgresora?

Estuve todo el rato esperando el encuentro entre John y Paul, y luego el de George, y… ¡bah! se nota que lo importante no era nada de esto. Tan solo el abrazo sentido entre John y Paul con motivo de la muerte de sus madres consiguió mantener la atención de este aficionado. Y no soy ningún talibán beatlemano.

Me imagino la historia de un verdadero chico de ninguna parte en manos de alguno de los directores del free cinema británico de, precisamente, aquellos años de formación de nuestro joven airado y… bueno: alguna entraña se habría removido.

Rose MACAULAY: Las Torres De Trebisonda (1956)

julio 26, 2011

Uno siente envidia de esa tradición anglosajona de escritores viajeros bien formados en cultura clásica. Quizás debería estar leyendo ahora mismo algo de Patrick Leigh Fermor (otro de tantos nombres pendientes), pero este libro de Rose Macaulay también consigue hacer prender algo de la vieja y buena pasión griega, y el gusto por viajar en busca de pasadas civilizaciones, con la añoranza de un antiguo esplendor imposible de revivir.

Las Torres De Trebisonda cuenta las peripecias de un estrambótico grupo de viajeros, camello incluido, por Oriente Medio; especialmente por una sorprendentemente frondosa Turquía (parece que al menos el norte de la península de Anatolia es así), y resulta en buena parte autobiográfica.

La narradora, Laurie, nos presentará las cuestiones que definieron la vida de la autora: de familia religiosa, terminó por autodefinirse como “anglo-agnóstica”, y al parecer tuvo que lidiar con el hecho de haberse enamorado de un cura anglicano, padre de tres hijos, con el que convivió; o bien lo había hecho con alguien casado, lo que la habría alejado de la religión, que luego recuperó gracias al cura. Con razón la novela refleja su preocupación acerca de la religión y del amor, mostrándonos a una Laurie consciente de su pecado pero dispuesta a conllevarlo.

El motivo de la aventura es el ingenuo intento de convertir al anglicismo a las gentes de Turquía, especialmente a las mujeres. Enseguida observaremos, aliviados, que la autora toma tan alocada pretensión como una oportunidad para ofrecer enriquecedoras notas de viaje, a base descripciones y comentarios, salteados con disgresiones. Nos deja una cierta crítica al típico punto de vista etnocentrista anglosajón, pero particularmente al ciego fervor extremista de querer imponer la religión, sea cual sea.

Por momentos la novela parece un alocado diccionario de ramas religiosas: anglicismo misionero; adventistas del Séptimo Día; “comandos católicos”; “tropas de asalto portestante”; los misioneros en motocicleta del norteamericano Billy Grahame; el camello de la tía Dot, que era musulmán no converso; y hasta un mono, Solimán, que Laurie se empeñará en domesticar al final, ya en Londres, consiguiendo uno de los pasajes más divertidos de la novela:

Le enseñé un poco de religión (anglicana). Se comportó bastante bien, sentándose, arrodillándose y poniéndose de pie cuando yo lo hacía, y durante la misa despertó un gran interés en la congregación y en el coro, aunque el vicario dijo que a él no le gustaba, pues creía que distraía a la gente, y que en realidad no era nada reverente. Es cierto que le gustaba ser el centro de atención, pues era vanidoso y exhibicionista, pero quizás entendía algo del lugar en le que estaba, ¿no? Lo cierto es que me gustaba ver como se arrodillaba en el momento exacto del credo, sin que yo tuviera que empujarlo, solo con ver que los demás lo hacían. Cuando la congregación hizo los responsos y se unió al servicio, él se unió también, murmurando suavemente. Le enseñé a hacer genuflexiones como las que hacía yo al volver a nuestro sitio. Pronto vi que él también se persignaba, y no estaba segura de que fuese bueno que lo hiciera, pues pues parecía estar yendo demasiado lejos; pero a él le gustaba y lo hacía una y otra vez, aun cuando nadie más estuviera haciéndolo, y así daba rienda suelta, como siempre, a su tendencia al exceso y el exhibicionismo. Al vicario y a los sacristanes aquello no les gustó mucho. Era sin duda un devoto anglocatólico, aunque imaginé que también podía tener algo de angloagnóstico. Durante el sermón se quedó dormido, roncando un poco, pues era algo anticuado y tal vez incluso un poco anticlerical…

Ese es el toque excéntrico que Rose Macaulay le pega a la religión, dando una lección ante posibles excesos fanáticos. Muy atrayente ese heterodoxo proselitismo anglicano. 

La primera frase de la novela ya lo deja claro, resumiéndo bien su trama y el tono empleado:  

-Coge mi camello, querida -dijo mi tía Dot, apeándose del animal a su vuelta de misa.

Bueno, pues ahí tenemos al padre Chantry-Pigg, verdadero talibán del anglicanismo, o la excéntrica tía Dot, quien en el fondo quizás sea más amante de la aventura que de expandir por el mundo la fe anglicana, aunque ella sea la que organice el viaje, muy convencida. El par de dos aprovecharán la frontera con Armenia para colarse en la URSS y comenzar a covertir a los ateos. dados por desaparecidos, tomados por espías, regresarán tras unos cuantos meses, como si nada: “La tía Dot siempre salía de los líos en los que se metía, incluidos los harenes de los caníbales africanos.”

A ellos se une Laurie, en calidad de ilustradora del libro que sobre Turquía quiere hacer su tía.

Después nos iremos encontrando con personajes secundarios como la pareja formada por David y Charles (con la misma pretensión de escribir su propio libro sobre Turquía), la doctora Halide (ejemplo de la supuesta modernidad y laicidad que Atäturk quiso traer al país, y que acabará casada con un musulmán); el joven turco-griego Jenofonte, que les presta el jeep de su abuelo, tomado sin su consentimiento…

Para nuestro gozo, la autora nos ofrece un relato de viajes desenfadado, pero también con un sutil subrayado de melancolía. Las inquietudes espirituales de Laurie; su amor por la tradición clásica; también su disposición de ánimo y la retranca con la que se toma buena parte de las adversidades la convierten en un personaje a recordar. Me habría enamorado de una muchacha así, de habérmela encontrado en algún verano.

Al final, se impone en la novela el sano placer del viaje; el gusto por preservar la belleza y el misterio, al menos en algunos rincones de este mundo: “Era allí donde intentaría poner orden en mi vida: en la olvidada tristeza de aquel imperio griego en ruinas”. En el posfacio, Jan Morris propone una interpretación de esa Trebisonda envuelta en la fábula bajo un embrujo luminososo inalcanzable, que más que promesa de felicidad es un recordatorio de incertidumbre: “el corazón oculto” de la ciudad representaría el carácter innacesible de la verdad del que la autora, al ofrecernos esta novela, fue consciente.

Trebisonda queda como brillante llamada a los tiempos de la civilización bizantina, a la que solo me acerqué con motivo del asedio a Constantinopla, en 1453, tan inolvidablemente narrado por Sir Steven Runciman. La actual Trabzón debe de esconder los vestigios de aquel imperio bizantino aún más que la época en la que Laurie la visita. Incluso a pesar de la pequeña decepción de la narradora, a mi me parece extraordinariamente sugerente. Culpa de verla, a través de sus ojos:

Y sin embargo, el extraño escenario seguía en pie, y el drama anidaba oscuramente entre bambalinas. El hondo barranco, con sus jirones de bosque, el alto palacio y la torre de vigilancia, ambos en ruinas, el amplio destello del mar más allá de la calita mugrienta, y las montañas magníficamente arboladas, que cruzaban por detrás, a izquierda y derecha…

Y el episodio del brujo griego que sale del lateral de una de esas ruinas, para venderle una poción que conseguirá que en sus sueños el pasado remoto se mezcle con el presente, como si consiguiera transportar a Laurie a aquella época. 

El último capítulo deja un sorprendente giro final, con la muerte del amor de su vida. Con este toque de desasosiego acaba la novela.

La siguiente foto, tomada de un blog donde aparece una reseña mucho más interesante que esta, ilustra en color los paisajes por los que la lectura de esta novela ha ido llevando nuestra imaginación; o al menos la mía, en este mes de julio:

J. G. FARRELL: Disturbios (El Acantilado)

junio 29, 2011

Cuando en la reseña del libro podemos leer que el protagonista “tiene la ingenuidad de los personajes de Chesterton y la rectitud colonial de los de Kipling, con un toque cómico de Wodehouse”, entonces esta novela pasa a ocupar, automáticamente, plaza preferente en la lista de posibles objetivos.

SELECCIÓN JAPONESA

junio 9, 2011

Enlazo esta recomendable selección de literatura japonesa, para así tenerla más a mano. Como si de una hoja de apuntes se tratara, ya que aparecen varios libros menos conocidos de autores como Kawabata o Soseki. Me gusta porque presenta la selección con una subjetividad muy natural, del tipo “Hace tiempo que lo leí pero guardo un grato recuerdo”, que es lo que yo casi siempre alcanzaría a responder si me preguntaran por mis películas y libros favoritos.

Pertenece por lo demás a un blog de bibliofilia, lleno de primeras ediciones, antiguas ilustraciones… todo eso.

“Notrordendecosas”…

También me he encontrado con este ejemplo de cómo conseguir una cubierta más atractiva o menos, tirando del mismo material. Se trata de El Teatro de Pinturas, del pintor Teniers, que fue el primero del que tuve noticia, pues su Fiesta De Aldeanos estuvo muchos años  adornando el salón de la casa de mis padres…

El salón de mi casa de siempre, qué leche.


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